Esta tarde era la antesala de su primera vez en el apartamento de
Kaleb, y eso la tenía un tanto nerviosa, pues para el encuentro de esta noche él le había dicho que tenía una sorpresa reservada. El mensaje había sido escueto y misterioso:
Esta noche el juego es en mi apartamento. Cena y show, muy, muy
especial. Prepárate, gatita.
Le provocaba enorme curiosidad saber cómo vivía, verlo en su
ambiente natural. Le había dicho en más de una ocasión que no era usual que llevara mujeres a su casa, salvo circunstancias muy puntuales. No había entendido en su momento que quería decir, pero esta noche lo haría.
—Kelly. ¡Kelly!
Era el muchacho que atendía el mostrador, Tomás, quien la llamaba
por su nombre falso, uno con el que aún no se identificaba del todo. Aunque no sabía qué necesidad real tenía de él, no se descuidaba, por seguridad. No jugaba con esto, había sido muy difícil escapar.
—Sí, Tomás, disculpa, estaba distraída.
—Me trajeron este paquete para usted—le indicó él, dejando una caja
con la grifa de un conocido local de ropa.
Secó sus manos y le solicitó a la nueva pastelera que cuidara la horneada, tras lo cual se dirigió a la pequeña habitación que hacía las veces
de oficina, cerrando la puerta tras de sí. Abrió con cuidado y lo primero que observó tras eliminar envoltorios
fue cuero negro, que acarició maravillada de su suave textura. La tarjeta en el interior decía simplemente:
Tu indumentaria para esta noche.
Desembaló con cuidado y contuvo la respiración al ver la inusual
vestimenta ante sus ojos: la gabardina era de una belleza arrebatadora, larga hasta las rodillas. Debajo, unas botas también en cuero negro de caña alta y
tacón vertiginoso. Eran una obra de arte y las observó arrobada.
No estaba acostumbrada a los tacones, pero sin duda podía hacer una
excepción con estas bellezas. Lo que estaba debajo era bastante más
inquietante: pantalones de cuero y un top.
<<Okay, puedo usarlos. No es tan malo, algo ajustados, tal vez>>.
Cuando los miró mejor, se encontró con cortes en la parte trasera, justo en el lugar donde debían estar los glúteos. Enrojeció. No podría, no, no. ¿Cómo iba a caminar con el culo al aire? La parte de arriba no era mucho más tranquilizadora: un brasier
escotado y con tachas que con mucha suerte cubriría sus pezones y dejaba al desnudo su estómago.
<<Sí Kaleb cree que puedo vestir esto…>>.
Exactamente entonces llegó el mensaje a su teléfono:
Sé que te estarás preguntando por qué y pensando qué no puedes, pero quiero que te vistas con lo que elegí.
Imaginarte con esa ropa tiene mi masculinidad alborotada. Te aseguro que tiene un contexto qué sabrás apenas llegues aquí, gatita.
Estaré esperando ansioso. No me decepciones.
¿Que tenía planeado? Se debatió en la duda durante un buen rato,
tanto que incluso perdió noción del tiempo y no fue hasta que la joven
panadera se asomó que reaccionó y dio el último vistazo del día. Todo estaba listo, los productos guardados y los empleados listos para marcharse. Les sonrió y los despidió y luego de unos cuantos minutos cerró el local. Suspiró y se volvió a sentar, nerviosa. Finalmente, guardó la ropa y la cargó en el coche. En el trayecto hasta su casa, en el ascensor y en el interior de su apartamento continuó el debate interno hasta que, al fin, decidió que no podía echarse atrás.
El mundo era de los valientes y de los que experimentaban. ¿Con quién más, en qué otro momento podría vivir el sentirse una sofisticada y vampiresa mujer en cuero negro? Se duchó, maquilló y se animó a vestirse.
Pensarlo era una cosa, ejecutarlo era otra, se dijo al verse en el espejo.
El cuero ceñía sus curvas, potenciándolas, levantaba sus glúteos y sus senos y los exhibía claramente. Se removió nerviosa y dio la vuelta para un lado y otro.
¿Qué dirían si…? <>, sentenció. Se colocó la gabardina que cubría su cuerpo como una capa protectora y levantó una oración para que no le ocurriera algo en el camino que la obligara a despojarse del abrigo. Rio entre dientes, mientras cerraba su puerta. Tendría que estar
inconsciente o muerta para que eso pasara. Y entonces no sentiría vergüenza alguna.
El lujoso edificio era hermoso; un lugar de medida extravagancia y,
más que por la exuberancia, esto se notaba en los detalles: en la fina

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa secreta del CEO