Había dado pasos de gigante al venir a su reducto, vestida para seducir, y aunque se esforzó por sonar distendida, se moría de nervios.
Probablemente él leyó entre líneas y apreció esa ansiedad y la tensión en el
leve temblor de sus manos, una de las cuales envolvió y apretó, para luego
llevarla a sus labios y darle un suave beso en la palma.
—Puedo ver que te preocupa adónde nos lleva todo esto. Pero es bueno y sigue las mismas reglas con las que venimos jugando. ¿Me crees?
—Sí—cabeceó, transportada por su cadencia. Su voz era seda y la calmaba.
—Tengo preparada la cena y pretendo que charlemos un poco. Pero
antes…
La hizo girar y le ayudó a quitar el abrigo, dejándola expuesta de espaldas a él, prácticamente inmóvil y muerta de vergüenza, sintiendo que
sus ojos cuales brasas intensas taladraban su retaguardia.
Escuchó el chasquido de su lengua y su suave silbido, y luego él la atrajo y la recostó contra su pecho, su trasero semi desnudo sobre su pelvis, su dureza presionando contra ella. Cerró los ojos y tragó saliva.
—Eres la mejor imagen de los últimos meses, preciosa, un regalo para la vista.
La hizo girar entre sus brazos y entonces sus senos, casi derramándose en el amplio escote, quedaron ante su vista o, mejor dicho,
debajo de ella. Fue fácil para él bajar su cabeza y darle un suave beso al
inicio del escote, aspirando con fruición. Otra vez sintió su miembro tensarse contra su pelvis y emitió un
gemido breve. Él se apartó con evidente renuencia.
—Demonios, esto va a ser más difícil de lo que pensé. Veré como hago para ser paciente, aunque estés tan irresistible .
La condujo a un enorme salón en el que estaban ya servidos bebidas y
comida, presentados con gusto. Casie sintió su estómago gruñir y respingó,
sonrojándose. Él sonrió.
—Nada como un estómago ruidoso como para matar el clima—dijo
ella, ruborizada.
—Imaginé que no habrías comido nada. Casi podía verte con tu
cabeza a mil pensando, evaluando, considerando. Y te necesito bien
alimentada, gatita. Tenemos una larga noche por delante.
Él la conocía, sí, no había duda. No había podido tragar bocado por
los nervios. Por fortuna con el correr de los minutos la luz tenue, la música
suave y la buena comida, además de la conversación amena e insustancial, la distendieron y pudo relajarse, aunque no zafó casi un instante de la vista intensa y apreciativa de Kaleb. Él esperaba, estaba claro. La pregunta con la que se despachó al ver que no comía más dio cuenta de eso:
—Dime, Casie. ¿qué crees que va a pasar esta noche?
—¿Qué quieres decir?
—La invitación, la ropa. Te deben haber dado algunas pistas. Si lo
sumas con lo que han sido nuestros encuentros, estoy seguro de que te haces una idea cabal de mis intereses.
Ella suspiró y luego asintió.
—Tú sabes que todo esto ha sido nuevo para mí y sin embargo...
—Lo has aceptado y disfrutado. Como yo. Y no puedo dejar de agradecerte por eso porque me has dado horas de placer. Ni siquiera puedes
dimensionar cuanto—dijo con seriedad y moviendo su silla para acercarse más a ella.
—¿Eres un dominante? ¿Un Amo?
La pregunta salió de su boca sin filtro y se la cubrió de inmediato con ambas manos, pero ya era tarde.
—¿Tú que crees?—sonrió él.
—No me gusta sentirme como una presa o como un objeto bajo la
lupa de alguien que conoce mucho y está evaluándome. Necesito respuestas.
No quería sonar petulante ni quejosa, pero sí era necesario saber en
qué se metía.
—No es mi intención, me disculpo. Me cuesta dejar mi postura mandona. No quiero correrte ni asustarte con lo que te voy a proponer. A invitar.
—Créeme que no lo estás diciendo de la manera más sencilla y eso me pone un poco ansiosa.
—Bien. Si, soy un Dominante. Sí, me gusta y practico activamente el
BDSM. Eso tú ya lo sabes, porque algunas prácticas de bondage …
—Son las que has compartido conmigo. Las cuerdas, las ataduras—
completó ella.
—He procurado mostrarte su encanto—Le guiñó un ojo—. Creo que
la dinámica que se ha establecido entre nosotros puede definirse como la típica del BDSM.
Ella abrió la boca, boqueando y parpadeando, lentamente entendiendo el punto.
—Tu…. Tú crees que yo… Que yo…
—Eres una sumisa natural. Sí, lo creo.
—No, no, no. Te equivocas. Yo soy fuerte, he trabajado para eso, me
reconstruí. Eso implica fortaleza, mi psicóloga lo enfatizó y…—la agitación
la ganó y su discurso se volvió frenético.
—Tranquila, tranquila—él se acercó y la abrazó—. Shhh, respira hondo y cálmate. No es una acusación ni tiene las connotaciones que crees.
—No entiendes, lo que dices es…
—Nada grave ni un insulto, ni complejo. ¿Crees que el término
sumisa implica un deshonor o te pone en pie de desigualdad, de ser cierto?
Ella dijo que sí con la cabeza, mordiéndose los labios y restregando
sus manos con nervios. Él acarició su rostro y siguió:
—No es así, simplemente adjudica un rol en una dinámica en la que
ambas partes se comprometen a respetar reglas y a disfrutar, dando salida a instintos naturales.
—Entiendo que muchas parejas tradicionales pueden utilizarlas sin
necesariamente...
—Vivir dentro del BDSM o practicarlo—concluyó el, asintiendo.
—Exacto—La voz de ella sonó aliviada—. ¿Por qué creer que yo soy…?
—Por la forma en que respondes a mi voz, a mis comandos, por la
posición que tomas en el sexo. De la misma forma que tú intuyes que me
gusta el control, yo sé que prefieres cederlo cuando estás en un entorno
seguro.
Eso era cierto, debía reconocerlo. Era la clave de todo.
—Te hablo con total honestidad. Practico de habitual el bondage y la

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