La habitación era… sobrecogedora. El olor a cuero se mezclaba con el
de una fragancia especiada que no pudo discernir. En el centro de la
habitación, tenuemente iluminada reinaba una cama enorme, probablemente
californiana, alta y con lujuriosas sábanas negras.
De su apoyacabeza colgaban cuerdas y esposas y encima de todo, en
el techo, distinguió un gran espejo circular. Las luces, estratégicamente
colocadas, permitían separar distintos espacios y creaban rincones, casi
pequeños escenarios.
En una de las paredes había una colección de látigos, palmetas,
esposas, antifaces y otros artilugios que desconocía. Una enorme X de
madera llamó su atención y la hizo emitir una exclamación.
En cada una de sus extremos había elementos de sujeción. Había
mucho para ver y todo hizo que se sintiera inmersa de lleno en escenas que hasta ese momento había sido descripciones de novelas eróticas. Observó a Kaleb, que la miraba a su vez, sin saber exactamente qué decir. Supuso que el tamaño de sus ojos y la palpitación de su pecho le debían dar pistas fiables.
—¿Asustada? No lo estés, no es necesario. No es mi intención
provocarte un infarto—bromeó—. Podemos cerrar la puerta ahora mismo y no va a ocurrir nada. Ni molestia, ni disconformidad, ni problemas. Te puedo asegurar que estoy muuuy conforme con el sexo que tenemos.
Su mirada seria y su voz grave le hicieron entender que lo decía en
serio, y se sintió reconfortada. Él era más que un hombre cínico y sexual, se preocupaba y se interesaba de verdad en lo que sentía.
—No, no estoy asustada. Lo que me pasa es que estoy asombrada. No
creí que este mundo existiera tal cual se ve o se lee. Ver todo esto lo hace
real.
—Digamos que no es algo común. No es lo que vas a encontrar
habitualmente en el pent —house de cualquier millonario. Mis hermanos ni siquiera lo considerarían, de hecho.
—Y dices que no has traído a nadie aquí, con excepción de esas
sumisas del club que mencionaste.
—Así es.
Un ambiguo sentimiento la llenó, mezcla de celos y satisfacción. Él la
había elegido para esto que sin duda le satisfacía y excitaba. Le había
provocado emociones que hacían que la tuviera en especial consideración.
—¿Estás dispuesta a ser mi sumisa? ¿Entiendes realmente lo que ello
implica?
Asintió.
—Sí, lo estoy. No te negaré que me provoca ansiedad e incertidumbre. Tomo tu palabra acerca de que puedo echarme atrás cuando sea necesario o no lo tolere—Lo dijo con nervio y cierta fiereza.
—Casie, es exactamente como te dije. Puedes marcharte cuando quieras, te lo juro.
—Está bien, está bien—restregó sus manos contra el pantalón,
indecisa, mirando a todos lados—. ¿Y qué…? ¿Cómo empezamos? Tú me
dices…
—Tranquila, preciosa.
Quitó un mechón de cabello de su rostro y lo colocó tras una oreja,
con cuidado, el rostro distendido y la voz relajada y calma.
—No puedo. Ni siquiera sé cómo me mantengo en pie de la inquietud.
—No dilatemos más lo inevitable, entonces. Comencemos.
La voz se elevó, se hizo más profunda y ella sintió que los vellos se
erizaban detrás de su cuello y en sus antebrazos.
—Siéntate ahí—le indicó una silla de madera y cuero algo incómoda y ella lo obedeció.
Él se perdió tras una puerta que supo era el baño al sentir correr el
agua. Demoró unos minutos y cuando volvió el impacto la hizo quedar sin
aire. Vestido con un pantalón de cuero, su pecho al descubierto mostrando su portentosa anatomía, era magnífico.
El cuero se pegaba a sus muslos y a su pelvis como si fuera una
segunda piel y Casie sintió que la boca se le secaba. Roja de pies a cabeza, el
pecho latiendo embravecido y la entrepierna mojada, se sintió sin voluntad. No había vuelta atrás, no quería retroceder, lo quería a él.
—Gatita, te noto sin aire, demasiado tensa. Tenemos que solucionar
eso.
Se colocó detrás y sus manos amplias se posaron en sus hombros,
masajeándolos, transitando por su piel, llevando calor y sensaciones a su
cuerpo. En el proceso, sus dedos tomaron la cremallera de su top y lo
desprendieron, eliminando la prenda de la ecuación, dejándola con los senos al aire, que se tensaron por el fresco y la excitación.
Él los rozó y sopesó, pero luego los abandonó, para tomar uno de sus
brazos y conducirla a uno de los rincones, donde estaba el artilugio de
madera.
—¿Sabes qué es esto?—inquirió y ella negó—. La Cruz de San Andrés. Es un buen lugar para empezar. La empujó con suavidad—. Desnúdate.
Lo hizo con cierta renuencia, porque no era lo mismo quitarse la ropa
en medio de una sesión amatoria que ante los ojos fijos y serenos de Kaleb, y
en la frialdad de una habitación.
Cuando estuvo totalmente expuesta, él se acercó y acarició morosamente su espalda, sus caderas, descendiendo hasta su pelvis, donde deslizó con suavidad dos dedos sobre su centro, un roce que le provocó un gemido y un estremecimiento.
—Estás tan húmeda que podría enterrarme en tu centro sin ningún
juego previo. Esto me dice que empiezas a disfrutar. Y es el inicio de un viaje de sensaciones, gatita.
La giró para posarla contra la cruz, y le hizo extender los brazos y
abrir las piernas. Con extrema suavidad y lentitud ató cada una de las extremidades, sin forzar las muñecas ni los tobillos, pero con la suficiente sujeción como para que ella no pudiera zafarse inadvertidamente.
Estar constreñida era una sensación extraña y seguramente podía ser
una pesadilla en otro contexto. Sin embargo, frente a este hombre y en esta habitación que podía ser hasta una de tortura si así lo quisiera su dueño, ella se sintió calma y expectante.
Kaleb se dirigió a la pared donde estaban expuestos los instrumentos
y eligió algunos, sin precipitarse. Casie lo miró hacer y mordió su labio
inferior cuando vio que tomaba lo que a todas luces era una mordaza, un
cuero con una bola.
—No podrás hablar, gatita. Sin embargo, esto no significa que no
podrás frenarme de ser necesario. Esta—le mostró un anillo del que pendía una campanita, que deslizó en el dedo mayor de su mano derecha—es la forma en la que tú me harás notar que quieres que me detenga. No dudes en ningún momento en hacer sonar este objeto. ¿Me entiendes, Casie? Esto es igual a rojo.
—OK—murmuró.
—Lo que vamos a compartir es una experiencia de trascendencia, de
goce. No se trata de tu sufrimiento, ni de tolerar el dolor. No soy partidario

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