Era la mejor noche de su vida. No había otra forma de definirla. Ella
aceptando su rol de sumisa para él, permitiéndole tomar control de su cuerpo y de su placer. Y vaya si lo estaba haciendo. Verla correrse, atada y sin poder hablar había puesto su virilidad como el acero, pero en verdad cada toque, cada caricia, cada beso lo estimulaba.
Kaleb adoraba las oportunidades sensoriales que el bondage lograba.
Que Casie hubiera aceptado la cruz, la mordaza, el tapón anal… Un jodido
subidón. No pudo evitar azotar ese culo maravilloso con sonoras palmadas y ella gimió. Sus ruiditos y el adorable rojo en sus nalgas, que acarició y estimuló, fueron directos a su cerebro y a su miembro.
Su escroto estallaba y si no aliviaba la tensión que estaba sintiendo, se
correría vergonzosamente. Le acababa de ser honesto, nunca se había sentido así en una sesión. Normalmente se controlaba bien y no se excitaba de este modo. Por el contrario, la frialdad le permitía estar en comando de cada detalle y en ocasiones, ni siquiera penetraba a la sumisa. No era lo que iba a
pasar esta noche, eso estaba claro.
—Tiéndete en la cama, Casie.
La ayudó, extendiendo sus miembros, que esposó a la cabecera y los
pies del lecho.
—Eres arte, gatita. Jodido, puro arte—susurró—. Quiero que goces
como nunca, trazar en tu mente y en tu cuerpo la huella del deleite, hacerte
saber que no hay límites en el placer que el cuerpo puede experimentar.
—Arruinarme para quien venga después—sentenció ella, y él sonrió.
—Eso hará que no aceptes nada más que lo mejor, que no te conformes con el promedio ni permitas que hagan otra cosa que adorarte como la diosa que eres.
Se dirigió a uno de los cajones y extrajo uno de los dildos, el de
vidrio, en un tamaño similar al de su misma masculinidad. Lo dejó cerca para que ella mirara y trajo también un lubricante y un cuenco de agua muy caliente, en la que colocó de inmediato el consolador. Ella enarcó las cejas.
—Hemos probado con hielo, pero el calor es también estimulante.
—Ohhh.
Acarició perezosamente su clítoris con un dedo y los otros dos
ingresaron al canal, donde pujó por varios segundos. Entonces, sin dejar de estimular su pequeña zona de nervios, tomó el dildo, que estaba ya a una temperatura adecuada para no quemar y lo colocó en la puerta de su centro, para luego penetrarla con él, de una sola vez.
Casie dio un brinco ante la invasión caliente, pero las restricciones la
controlaron y él comenzó a empujar una y otra vez, alternando fuerza y
profundidad. Ella gimió sin control y el volumen de esos jadeos aumentó, asediada como estaba por varios sitios Su clítoris, que él acariciaba sin pausa, las penetraciones intensas del dildo tibio, más el tapón anal empujando y dejando menos espacio al canal vaginal normal. Las sensaciones debían ser fuertes.
—Ah, tus grititos van directo a mi virilidad. Y sí, lo sé, gatita, esto es
tanto placer junto que puede ser sobrecogedor. ¿Sabes lo que me hace verte así? Pero no debes correrte hasta que te lo ordene.
Ella jadeaba y se retorcía, sus ojos velados y su boca semiabierta, sus
pezones como flechas. Era la imagen del goce y Kaleb se sintió tocado, casi
al borde de su resistencia. Evitó un jadeo por poco, asombrado, y pugnó por recuperar dominio de sí mismo.
Potenció el asedio sexual sobre la bella gatita y cuando la sintió al
borde del orgasmo, se frenó, logrando su grito de enfado y decepción. Hizo lo mismo dos veces más, llevándola hasta el borde de la cumbre, para retroceder. Cuando la frustración la hacía protestar sin detenerse, la tomó
fuerte y esta vez no se detuvo, dando el comando:
—¡Ahora, Casie, córrete para mí!
Lo hizo con fiereza, gritando, sin guardarse nada, dando cuenta de
que posponer el deleite lo hacía más potente y devastador cuando llegaba.
Kaleb absorbió cada detalle, cada temblor, cada gemido, cerrando al final los ojos, procurando calmarse. Esto estaba siendo difícil, perdía la compostura y no era lo que quería. Eran dos al límite aquí, se dijo.
—Kaleb…—el murmullo de ella sonó ronco y su cuerpo laxo y
saciado era un espectáculo que disfrutaría infinitamente más de no estar tan al límite.
—¿Todo bien, gatita sexy?
—Es… increíble. Pero tú…
—He disfrutado cada segundo, caricia, sonido.
La desató y la ayudó a incorporarse, sobando sus articulaciones con
suavidad y destreza, dándole tiempo para rearmarse.
—¿Has considerado hacer uso de tu palabra de seguridad?
Negó enfáticamente.
—Bien, eso me dice que no me equivoqué. Tenemos algo pendiente
—se acercó para morder su lóbulo—. ¿Quieres seguir?
—Sí.
—Ponte en cuatro—. ordenó, y la ayudó a acomodarse, acariciando su
trasero y presionando el tapón, tomándola atrás y adelante, para luego quitarlo.

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