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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 205

La vida era una constante de subidones y bajones, reflexionó Casie.

Con los primeros, el espíritu se elevaba y el cuerpo vibraba, el corazón latía fuerte, tibio, exultante.

Con los segundos, el frío y la desazón envolvían el alma y los pasos

hacia adelante se hacían lentos. El cuerpo se inmovilizaba, pasando a modo de supervivencia, la voz leve y los ojos sin luz. En la cima, había gozo y entusiasmo; en la base, desolación.

Así habían sido los pasados tres meses, que Casie consideraba los más

felices de su existencia adulta, durante los que había disfrutado de sentirse adorada, deseada, valorada. Tiempo en el que le habían sido dadas las herramientas para hacer de un sueño pequeño un negocio rentable y en vías de crecimiento.

Esta era la situación que se mantenía y mejoraba; el marketing había

funcionado y era como una bola de nieve que había aumentado, atrayendo clientela. Los buenos comentarios traían a otros clientes y estaba en una etapa en la que debía considerar si era factible expandirse, pues de hacerlo necesitaba más máquinas y personal. No estaba en su espíritu transformar su local en una empresa que no pudiera manejar y en la que no pudiera fabricar sus propios productos. Todo esto era bueno, le fascinaban y emocionaban los comentarios halagüeños y las oportunidades de satisfacer a más gente.

Su situación personal era la otra cara de la moneda. Extraño, si se

consideraba que la noche en el apartamento de Kaleb había sido tan buena, tan extrema, con novedades y emociones que la habían llevado a las nubes. Creyó que esto se sostendría en el tiempo, que era el inicio de

encuentros menos fortuitos. Incluso hasta unas semanas después estuvo convencida de que Kaleb había disfrutado y se había excitado tanto como ella. En su absoluta ingenuidad, creyó haber tocado alguna fibra peculiar en él, su sensibilidad. Esto se demostró errado, y lo pudo comprobar en la frialdad

progresiva entre ambos por la falta de contacto de parte del hombre. Así que

comenzó a entender que lo suyo no había sido más que una fantasía, un sueño bonito plagado de deleite físico. No que esto no fuera bueno.

La distancia que él fue imponiendo al espaciar los encuentros y el sexo, las llamadas y mensajes, fueron las banderas rojas que quiso desconocer, los avisos de que lo que pequeñito que había germinado entre ambos, moría. Solo cuando pasaron dos semanas sin contacto alguno, lo aceptó.

Haber iniciado el vínculo y los encuentros, el sexo, tratando de

convencerse de que la instancia del adiós inevitablemente llegaría, no lo hizo más fácil. Se había enamorado de él y no tenía sentido mentirse.

Ni por un momento creyó que fuera a corresponderle; había sido

prácticamente un milagro haber vivido junto a él momentos tan intensos y formidables. Era fácil caer en la tentación de considerar que lo que para uno era abrumador, magnífico, removedor, también lo era para el otro. Estaba bien creerlo mientras duraba, era la manera de sostener la vanidad y el orgullo de considerar que uno podía cambiar las cosas. Reconocer que no era así, que había final en ese camino, dolía. Pero las cosas eran lo que eran y tenían que aceptarse.

Kaleb era un millonario devastadoramente hermoso que tenía un costado excéntrico, con gusto por el BDSM, con una habitación del placer a la que la había invitado como su sumisa temporal. Ella era una mujer con un pasado complicado qué hacía cupcakes, cuya poca experiencia sexual probablemente se había convertido en un desafío que él había afrontado y, una vez ganado, superado. Tanto como racionalmente era entendible y aceptable, no lo era la falta de educación del hombre.

¿Qué le impedía despedirse con cordialidad y dar por cerrada esa experiencia de manera frontal?

No lo hubiera pensado, no lo hubiera creído. Había esperado más de él. Dolía. ¡Demonios! ¡Cómo dolía!

Era probable que él asumiera que no lo soportaría, que lloraría y

rogaría, que se convertiría en un peso, alguien de la que no podría despegarse con urbanidad. Se equivocaba. Oh, sí, se equivocaba.

A ella le sobraba orgullo. Lo había recuperado y había luchado por él;

había aprendido que era lo que la salvaba de quedar enterrada en el dolor y la auto conmiseración.

Él había tenido razón al decirle que ser una sumisa en el sexo no

implicaba falta de fortaleza, que no era sometimiento en la vida diaria. Ella era fuerte, tenía control sobre sus decisiones, sobre su futuro.

Se sobrepondría, lo olvidaría. Lo haría. Sería un recuerdo agridulce,

velado por un mal cierre. Tampoco podía desconocer lo que le había hecho vivir. Las mejores semanas, el mejor sexo, las emociones más crudas, la conexión con su yo más íntimo. Se envaró frente a la mesada en la que amasaba y respiró con

suavidad, llevando calma a su mente y aflojando sus brazos. No era el fin del mundo; solo una decepción amorosa. Tenía que evitar contaminar su templo con tristeza: hornear era un placer y no quería perderlo o arruinar sus creaciones.

—¿Kelly?

Su asistente la miraba con reserva y algo de duda. Le sonrió, aunque

sabía que la joven detectaba que sus ojos se habían apagado y había perdido gran parte del entusiasmo de esos meses. Esto debía sorprenderla, pues la chica la había conocido cuando la energía la atravesaba y se sentía capaz de tocar el cielo.

—¿Sí?

—Dejaron esto para ti.

Extendió un sobre sin remitente y ella lo tomó, mirándolo con

curiosidad. ¿Sería de Kaleb? ¿Sería que él volvía a la carga, arrepentido? Se limpió las manos y se dirigió a su oficina, picada por la curiosidad.

El envoltorio no tenía ninguna dirección o dato, pero su nombre

estaba muy claro. Lo abrió rompiendo un extremo y entonces una fotografía y una misiva cayeron sobre la mesa. El corazón se le detuvo en el pecho al ver la imagen y leer seguidamente las frases:

Tantos kilómetros. Tantos cambios. Tantas mentiras, pero eres la

misma perra sucia y puta de siempre. Voy por ti, Casandra.

La fotografía era suya, de varios años atrás. Nadie que la viera ahora

creería que esa mujer super delgada, con un gesto de tristeza tan intenso y la cabeza baja era ella. Una vieja fotografía que era testimonio de su vida antigua. El pánico hizo palpitar su corazón de tal modo que creyó que estaba por darle un síncope. Corrió al pequeño baño y sumergió sus manos en agua, mojándose cabeza y sienes, obligándose a hacer el ejercicio de respiración que la calmaba.

Temblaba, no podía evitarlo. No podía pensar. Él venía por ella, la

había descubierto. Su ex. Richard. Estaba atrapada. Gimió y cayó de rodillas, al borde del ataque de pánico.

<<Respira, respira>>.

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