Kaleb se sabía un asno y no era una convicción placentera. Para un
hombre acostumbrado a mandar y a controlar como era él, estar en un limbo, o en una situación que no maniobraba al ciento por ciento, era molesto. En verdad, era más que esto, claro. No era solamente la falta de
control. Le hubiera encantado poder seguir con su vida, livianamente, sin
pensar más, dejando atrás a Casie y el terremoto que esta había desatado en su hasta entonces ordenada y reglada existencia. Hacía dos semanas había tomado la decisión de apartarse de ella por completo, luego de días de dudas en los que se sintió con poca energía para despegarse. Como si estuviera hechizado, imbuido de una debilidad que hacía que no quisiera dejar de hablarle o acariciarla, o tan solo mirarla.
Considerarse inerme fue lo que lo impulsó a comportarse como un
reverendo bastardo. Casie merecía otro tratamiento, que él le explicara de manera civilizada y personal sus dudas, su deseo de no comprometerse con nadie. Pero era tan cobarde que no se sentía capaz de confrontarla y salir ileso. Trató de persuadirse de que lo hacía por ella, para evitarle el mal momento o el llanto, para no quebrarla. No obstante, en su fuero interno sabía que el débil era él, que era él quien no se estaba a la altura de la bella gatita.
Cuando estas ideas acosaban su mente (y era común que lo hicieran la
mayor parte del día), defendía su postura gritándose una y otra vez que nada le había prometido. A nada se había comprometido, le había dejado claro que la de ellos era una relación casual en la que compartían deseos e intereses pasajeros. Habían sido dominante y sumisa por un tiempo.
No podía decir ni aceptar en voz alta que era el jodido miedo a quedar
atrapado en una relación formal el que lo había espantado. El que lo había hecho correr como una liebre asustadiza a su guarida segura.
Como el descendiente directo de su padre que era, se las había
arreglado para contaminar a Casie, mostrándole un mundo netamente
diferente al suyo, sometiéndola a sus deseos y a su pasión, para dejarla de
inmediato con las manos vacías.
Él comenzó a escapar, a escabullirse de su vida en el mismo momento
en el que había logrado aquello por lo que había bregado: llevarla a su
habitación del placer y hacerla suya. Gozarla de mil maneras, nutriéndose de su calor, de su olor, de su sabor.
No quería pensar en lo doloroso que su silencio y ausencia repentina
debían representar para Casie. ¿A qué otra conclusión podría arribar ella que no fuera la de que lo único que él había querido era seducirla? Ponerla en una posición de debilidad para explotarla. Demonios, era factible que creyera que él se había reído de ella.
Había sido así al comienzo, su intención había sido la seducción. No
importaba cuánto la hubiera ayudado en su negocio, él tenía claro que su
objetivo al perseguirla había sido explorar su lado sumiso y coronarse como el dominante que lograba el premio mayor. En su cabeza eso había tenido sentido. Irónicamente creyó que escapar a tiempo de la situación con la excusa de no lastimarla lo preservaría y permitiría que ambos siguieran viviendo como lo habían hecho antes de conocerse.
No obstante, tras casi quince días de silencio y de no verla, lo único
que Kaleb sentía era carencia, desconcierto. La sensación de haber perdido aquello que daba sentido a su todo. Creyó que Casie le haría las cosas más difíciles, y eso le daría
justificación a la retirada. Un comportamiento de persecución; que ella le enviaría mensajes, que procuraría verlo, que exigiría explicaciones, que suplicaría.
Pero en la desconexión y la falta de comunicación él sintió un vacío
que lo golpeó como un mazo. Probablemente su orgullo machucado o su vanidad golpeteada, razonó al comienzo. Cuando fue comprobando que ninguna de las acciones o personas con las que de habitual se relacionaba llenaban ese espacio del que se había apoderado ella sin que él se percatase, fue consciente de que se había retirado tarde.
Había tomado la decisión de dejar atrás a Casie como si fuera un
lastre, y comprobaba que ella en verdad era el aire que le hacía elevarse. Esta epifanía lo golpeó en la madrugada de un viernes, cuando pretendió hacer una sesión privada con otra sumisa en el club. En el interior de una habitación rojo sangre, con una mujer atada y
dispuesta a recibir lo que quisiera darle, él se inmovilizó y fue incapaz de proceder. Y tuvo que abandonar. En su mente el único rostro posible, la única a la que podía imaginar, era ella. Casie.
Entonces se dio cuenta, fue capaz de aceptar que el Club Belt, el
bondage, su habitación del placer, nada tenía sentido. Esas eran sus
distracciones, las que llenaba una vida solitaria. Solo Casie había dado real sentido a sus días y sus noches. Solo ella había traspasado sus muros.
Ella, tímida, bonita, se había metido despacito bajo su piel y dentro de
sus pensamientos. Se había apoderado de su voluntad, tomando el control que creyó tener, y lo había arruinado como dominante para cualquier otra. Como amante.
Debería haber sido él, hombre de mundo, cínico, dominante e
impetuoso, el que invadiera cada espacio de Casie. Sencilla, natural, hermosa y sexy sin pretenderlo, ella lo había atado, ligándolo irreversiblemente a su
presencia.
Reconocerlo no significó que se resignara con facilidad a los
sentimientos que lo tironeaban. Y esa lucha emocional contaminó su ánimo y su humor, salpicando su trabajo y haciendo evidente a su familia que algo le pasaba, algo que no controlaba. Se negó a responder a los cuestionamientos de Milo y Jace, los que lo veían todos los días, los más cercanos. No buscó justificar su distracción, su malhumor, su rebeldía, no dio explicaciones. Pero esto no detuvo a Jace, que parecía monitorearlo como una niñera, hasta que finalmente lo hizo estallar:
—¡Me tienes cansado, Jace! ¡Voy a darte de golpes si sigues
intentando meterte en mi vida!
Esto no movió un pelo del cabrón, que se paró frente a él, cuan alto
era. Varios centímetros más, por cierto, además de más musculoso.
—Es lo que habitualmente haces tú con el resto, Kaleb. ¿Te molesta
que te paguen con la misma moneda? ¿No te gusta tomar tu propia medicina?
—¿De qué hablas, demonios?
¿Qué mierda quería de él?
—Durante años has tratado de despertarme, según tú, de hacerme
volver a la vida. Has hecho tuya la tarea de perturbarme, sacudirme. Me has señalado día sí y otro también que mi actitud era un problema, que mi mal humor me afectaba y con eso a la familia. ¿Crees que no es lo mismo en tu caso?
—Lo mío no es mal humor—se defendió.
—¿Y qué es entonces? Porque se parece mucho. Todos nos
preguntamos qué te pasa.
La cara de su hermano traslucía su preocupación, y eso lo desarmó.
Podía fingir indiferencia, podía liarse a puñetazos, pero sabía que Jace
quería lo mejor para él. Tal como él mismo lo sentía cuando lo hostigaba.

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