En un estado de agotamiento físico y mental, aterrorizada y sin
capacidad de reacción. Así se sentía Casie encerrada en la húmeda casilla de madera en la que el aire se colaba y calaba los huesos. Casi sin muebles, con excepción de una cama y una silla polvorienta, el lugar era la estampa del abandono. Si la sorpresa que había sido encontrarse a Richard en su automóvil había sido mayúscula, si sus amenazas habían hecho que su piel se erizara y su cerebro estuviera en máxima alerta, el viaje agotador y sin detenerse hasta un lugar en la Utah rural había puesto todas sus campanas en alerta. Había confirmado que los planes de Richard para ella eran monstruosos cuando llegaron a un rancho que parecía abandonado, a algunos kilómetros de Salt Lake City y de la que había sido su vida no tanto atrás. Él no había dejado de hablar y amenazarla durante el viaje, golpeándola cuando
la furia se apoderaba de él y lo dominaba por completo.
—¿Creíste que podrías iniciar una nueva vida sin mí?
—Lo nuestro terminó, Richard—se había atrevido a decirle, ganándose una cachetada.
—Yo decido eso, perra. ¿Crees que me interesa follarte o tenerte de nuevo conmigo? ¿Eso crees? No te tocaría ni con un palo. Sabes cuánto te
desprecio. Eres una mujer asquerosa a la que nadie querría tocar. En algún
momento de mi vida flaqueé y te di la oportunidad. Pero me traicionaste,
destruiste mi reputación, hiciste que me encarcelaran y que perdiera mi
trabajo, mis amigos. ¡Soy un paria por tu culpa!
Nada quedaba de aquella cólera fría y premeditada con la que la atosigaba durante su matrimonio. Este era un hombre en su límite, que había
perdido todo lo que le importaba por sus propios errores, por su carácter violento y manipulador. Sin embargo, sin asumir la responsabilidad de sus errores y de haber consumido diez años de su vida, volvía a ella y la alejaba de lo que había construido con tanto amor y dedicación. Le quitaba lo que amaba, para destruirla.
No había duda alguna sobre sus intenciones, la esperanza la había
abandonado al respecto. El mencionaba explícitamente la tortura a la que la sometería. Sus golpes habían marcado su cara apenas habían salido del circuito de las carreteras y las estaciones de servicio o lugares de comida rápida, donde nadie la podía ver y denunciar su estado. Una vez que se había instalado en este rancho, que dijo era de la
familia y que había constituido su hogar en los últimos meses, la había
amarrado y golpeado más. Estaba segura de que le había roto más de una costilla, la respiración le costaba. La había amarrado de pies y manos y así la había dejado.
Había llorado en silencio en varias oportunidades, tratando de que él
no la viera quebrada. No quería alimentar su morbo con gritos de dolor o llanto amargo. Sus lágrimas, no obstante, se derramaban, más por lo que quedó atrás que por el propio dolor, que era intenso. Había sido una ilusión, un sueño hermoso el que había vivido durante ese año en el que se había sentido capitana de su barco y dueña de su futuro.
En ese proceso había floreciendo una nueva Casie. Feliz, emprendedora,
consciente de sí misma, una que había superado sus miedos y se había
permitido amar. Claro que había sido sin la misma respuesta del otro lado, pero valió la pena, una y mil veces. Lo único que la confortaba en este momento era sumergirse en el recuerdo y en la recreación de los sublimes momentos de placer, caricias y besos compartidos con Kaleb.
¿La echaría él de menos? ¿Se habría preocupado al escuchar su
mensaje? Quería creer que sí, él era honesto, un caballero, un hombre decente y. no podía atribuirle culpa ni despotricar contra él porque no le hubiera devuelto el amor que ella sentía. No era la manera en que funcionaban las cosas. Enfrentada al horror, elegía amarrarse al recuerdo para atravesar la oscuridad que Richard pretendía precipitar sobre ella. Abrazada a la idea de que se había permitido gozar y elevarse, dar placer y recibirlo, querer sin medida.
Estaba sola parte del tiempo, rumiando el desastre, tratando de
masticar su miedo. Richard venía en la tarde y se iba temprano en la mañana, y eso le hizo entender que tenía un trabajo, algo a lo quereportarse y no quería faltar, probablemente para mantener su fachada. Querría continuar
generando la ficción de que su vida transcurría con normalidad para que no sospecharan de él.
Esperaba que su hermana se hubiera percatado de su ausencia, pero

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