—¿Está bien así? ¿No es demasiado apretado?
—Esta perfecto. Ni demasiado constreñido ni demasiado flojo.
Incluso en la posición de sumisión la voz de Kaleb era fuerte y
mandona, pensó. Lo observó extendido sobre la cama, magnífico en su desnudez, atados de pies y manos en el lecho de la habitación del placer. Se incorporó y rodeó la cama, deleitándose, tocando palmo a palmo la anatomía perfecta de su amante con la pequeña fusta, pasándose la lengua por los labios en anticipación.
—Mira que eres jodida, Casie. Con un solo gesto logras empalmarme.
Esto era verdad, sonrió ella con perversidad poco propia de su
carácter, al percibir la dureza del miembro que se elevaba excitado y en toda su gloria. La escena había sido sugerencia del mismo Kaleb y no podía más que agradecer su sensibilidad al ofrecerse para cumplir un rol que no tenía nada que ver con su esencia. Lo hacía para volver a asegurarle que ella era una mujer empoderada y que podía hacer con él lo que quisiera, literalmente. Habían recuperado intimidad hacía dos semanas y cada vez era mejor, salpicada por prácticas de bondage, pero siempre contextualizada por la
delicadeza y la ternura con la que él la abrazaba y la hacía sentir segura.
Las pesadillas persistían, aunque se hacían más leves. Sabía que su
nueva vida, el amor y la terapia irían postergando definitivamente esas
imágenes al desván de su memoria y abrazaría un futuro maravilloso junto a este hombre que le prometía que estaba aquí para quedarse.
—Estás pensando demasiado, ama—le sonrió, haciendo que volviera a él.
—¿Eso crees? Creo que hay alguien desesperado por castigo—castigó sus muslos con golpes leves, y él se retorció levemente, sin dejar de mirarla. Casie tenía todo planeado de antemano. La excitación la había hecho considerar cuáles podrían ser las prácticas que lo harían ir hasta el límite. Luego de castigarlo un poco más, buscó el pañuelo de seda y la dejó a su lado mientras se desnudaba con morosidad, contoneándose y moviéndose para que él percibiera cada una de sus curvas. Lo observó devorándola con los ojos, su miembro totalmente enhiesto, y su excitación creció.
—Demonios, Casie, me vas a hacer correr sin siquiera tocarme.
—Eso te haría un sumiso muy travieso—se acercó—. No puedes
correrte hasta que yo te lo diga.
—Auch, eso es un castigo terrible.
Trepó al hecho, sus rodillas rodeándolo para quedar posada sobre el abdomen, inclinándose para vendar sus ojos, momento que él aprovechó para apoderarse de uno de sus pechos y succionar con ruido. Ella se incorporó y se retiró, escondiendo lo mucho que la ponía, y lo amonestó:
—Has sido desobediente. Nada de tocar hasta que yo lo diga. ¿Tu
palabra de seguridad?
—Rojo. No me oirás decirla—indicó—. Quiero todo lo que me puedas dar, Casie.
La voz era gruesa, profunda y denotaba la tensión sexual del hombre.
—Muy bien. No voy a usar otro instrumento que mi boca, pero creo
que será suficiente.
Sin más, deslizó su lengua por sus labios paladeando, para luego darle
un beso apasionado que él respondió con fiereza. Luego sus dedos
acariciaron cada músculo, lento, suave. Sus labios succionaron los pezones y los lamieron, luego fue por su fibroso abdomen hasta que se apoderaron de la masculinidad con decisión, chupando sin piedad, una de sus manos apretando suavemente, la punta de su lengua por todo el largo, haciéndose una fiesta con su placer.
—Ahhhh, Demonios, Casie—él se estremeció, moviendo sus caderas para procurar entrar su boca, pero las cuerdas lo retuvieron—. Esa es la tortura más exquisita que puedas hacerme. Voy a correrme pronto.
—No, no puedes, recuerda lo que te dije.
Los llevó hasta el límite y cuándo sintió que se tensaba, lo abandonó,
recibiendo sus protestas con una sonrisa, sintiéndose poderosa, deseada, querida. Avanzó y se posicionó en cuclillas sobre su cabeza, a escasos centímetros de su boca.
Por un momento sintió su antiguo yo reprendiéndola por su falta de
decencia, pero inmediatamente volvió a su postura dominante.
—Vas a tomar mi centro con tu boca y…
No pudo terminar la frase porque él ya estaba deleitándose con su
intimidad, lamiendo con fiereza su clítoris y sus pliegues, su lengua
introduciéndose en su conducto, haciéndole ver estrellas, hasta que casi no lo resistió. Se despegó y con rapidez se montó sobre él, empalándose en el gran miembro, que comenzó a cabalgar con un ritmo que se hizo cada vez más rápido:
—Casie, no voy a resistir, me voy a correr si sigues así....
—Cuando comience a estremecerme, cuando el climax esté por
desatarse, allí tienes permitido correrte—le dijo.
Esto llegó apenas unos segundos después. El ritmo feroz, las
exquisitas sensaciones de estar unidos, de sentir su miembro llenándola, la hizo cerrar los ojos y explotó, su cuerpo estremecido e impregnado de sus fluidos, la impresionante sensación de ese miembro enorme y a su disposición demasiado para resistirla. Se derrumbó sobre él, que la abrazó,
besándola.Cuando recuperó las fuerzas lo soltó y de inmediato él se quitó la venda y la puso sobre su espalda para besarla de pies a cabeza, iniciando una sesión amatoria que esta vez lo volvía a tener como protagonista dominante.
—Te amo, gatita, pero estar sin tocarte y a tu merced, me da más hambre.
—Puedes hacer te festín en mí, Kaleb.
Así lo hizo, varias veces, para luego llevarla, como de habitual

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