—Karina…
Una mezcla de impotencia y pánico cruzó el rostro de Fabio, apenas un instante.
—En cualquier caso, no me divorcio. Olvídate de eso.
—Entonces no hay nada más que hablar.
Karina respiró hondo para calmarse, tomó su bolso y se levantó para irse.
Un golpe de aire frío del aire acondicionado, cargado de un aroma intenso, le dio de frente.
De repente, sintió un mareo y sus extremidades se debilitaron.
«¿Cómo es posible? Si no he bebido ni comido nada», pensó.
Karina se desplomó de nuevo en el sofá. —¿Qué... qué usaste?
Fabio miró hacia el incensario de estilo antiguo.
Cuando Karina lo había llamado para reunirse, varios de sus amigos estaban con él.
Todos pensaron que sería una lástima dejar ir a Karina así como así, que debería aprovechar la última noche para “divertirse” un poco.
Así que le dieron una barra de incienso afrodisíaco.
Cuanto más intentara uno resistirse, más potente se volvería el aroma inhalado, intensificando el efecto. Era perfecto para alguien tan terca como Karina, que preferiría morir antes que ceder.
En realidad, él no estaba de acuerdo con sus amigos.
No usó esa sustancia para jugar con Karina, sino para retenerla.
Fabio activó el modo de grabación de su reloj inteligente.
Con una mano, rodeó a Karina y le susurró con un tono persuasivo: —Karina, di que no quieres el divorcio.
La mente de Karina estaba confusa, pero aún no había perdido por completo la capacidad de pensar.
Recordó que, un mes antes, había pedido en sus redes sociales que los usuarios tomaran capturas de pantalla como prueba: “el que no se divorcie es un animal”.
Fabio no quería divorciarse, pero tampoco quería que lo consideraran un animal, por eso necesitaba que ella lo dijera de su propia boca.
De esa manera, además, podría añadir un toque dramático a su imagen de esposo devoto.
¡Qué bien planeado!
Un ligero rubor apareció en el rabillo de los ojos de Karina.
Karina lo miró fijamente, mordiéndose el labio con fuerza.
Fabio bajó la cabeza y le mordisqueó la oreja. —Esposa, ¿no me deseas? ¡Si dices que sí, te daré lo que quieres!
En su mente, Karina se negaba rotundamente.
Pero su conciencia se estaba volviendo borrosa, su cuerpo inquieto, anhelando que algo rompiera la tensión.
Esta sensación incontrolable era desesperante.
Con su último ápice de cordura, empujó a Fabio, se apoyó en el sofá y se levantó para caminar hacia la puerta.
Fabio la agarró.
Ella, usando el marco de la puerta como apoyo, apretó los dientes, levantó el pie y pateó a Fabio, derribándolo al suelo. Luego, salió corriendo del salón.
Abajo se oían las voces de los meseros.
—Señor, hoy el lugar está reservado. No estamos abiertos al público.
La voz del hombre era cálida y serena: —Busco a una amiga, solo subiré a echar un vistazo rápido.

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