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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1038

La pantalla de la laptop mostraba una serie de códigos incomprensibles, pero en ese momento, Sabrina no le dio mucha importancia.

Sebastián comentó:

—No busqué a ningún hacker. En la red, la identidad de los hackers siempre es un misterio, nunca sabes de qué lado pueden estar. Si una prueba tan importante que involucra a los líderes de dos familias cae en manos equivocadas, seguro la revenden al mejor postor y terminan destruyendo la evidencia por completo. Incluso si no la destruyen, si alertamos a la otra parte, podrían prepararse y ya no podríamos atrapar a Ulises con las manos en la masa.

Por esa razón, cuando Daniela le preguntó, él no le contó nada.

Daniela jamás delataría el secreto de Sabrina, pero era de esas personas que no pueden guardar algo mucho tiempo; en cualquier descuido, podría soltarlo sin querer.

Sabrina giró la cabeza, observando con atención a Sebastián.

—¿Tú… también sabes de hackeo?

—Nada del otro mundo, sólo lo básico —respondió Sebastián con modestia.

—¿A eso le llamas básico? —le aventó Sabrina, incrédula.

Sebastián la miró de reojo y soltó:

—Meterse a un celular es mucho menos complicado que a una computadora. Los smartphones de ahora, la neta, casi no tienen privacidad. Si consigues acceso a la galería de fotos, ya tienes la puerta abierta a todo el aparato.

Sebastián hablaba como si fuera lo más sencillo, pero Sabrina sentía que, por más fácil que lo pintara, aquello no podía ser tan simple. Debía haber más de fondo.

Mientras platicaban, ya habían llegado a las oficinas del Grupo Ramos.

Como una de las familias más poderosas a nivel mundial, la sede del Grupo Ramos imponía desde el primer vistazo.

El edificio tenía nada menos que cien pisos, abarcando todas las áreas que manejaba el grupo. Y eso sin contar las sucursales que tenían en otras ciudades y países.

Apenas Sabrina puso un pie en el vestíbulo, la recepcionista se acercó con una sonrisa profesional.

—Disculpe, señorita, ¿en qué puedo ayudarle?

—Vengo a ver a Esteban —contestó Sabrina, directo al grano.

La recepcionista se quedó un momento en silencio, con una expresión de confusión.

Después de lo que ocurrió la noche anterior, Sabrina había demostrado que no era el tipo de persona que cualquiera podía pisotear. Incluso los empleados del Grupo Ramos preferían no meterse en problemas con ella.

...

En ese preciso momento, Esteban estaba sentado en su oficina, con el celular en mano, esperando con calma.

Imaginaba la llamada de Sabrina, pidiéndole que la dejara subir, solo para dejarla esperando y hacerla pasar una vergüenza frente a todos los empleados. Así, cuando por fin entrara a trabajar, todos la mirarían por encima del hombro y sería el hazmerreír del grupo. Para Esteban, esa sería la primera lección que le daría sobre cómo funcionan las cosas ahí.

Mientras pensaba en la mejor manera de humillarla, alguien tocó la puerta de su oficina.

Esteban, creyendo que era su asistente, contestó con desdén:

—Pasa.

Pero al ver quién entraba, la sonrisa que todavía traía dibujada se le congeló en la cara.

—¿Sabrina? ¿Tú qué haces aquí?

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