Las palabras de Quentin Fontaine ni siquiera habían salido del todo de su boca cuando Sebastián ya estaba parado justo frente a él.
Sin esfuerzo, como si levantara a un pollito, Sebastián lo tomó con una sola mano y lo alzó del suelo.
Sus ojos, tan profundos y oscuros como un pozo sin fondo, miraban a Quentin sin una pizca de emoción. Su voz, grave y cortante, parecía calar hasta los huesos.
—¿Y luego?
En el trayecto de regreso, Sebastián se había topado con un mesero que, supuestamente por accidente, le había tirado la bebida encima.
Sebastián no era ningún ingenuo. Notar un truco tan barato era pan comido para él, así que no tardó en regresar a la habitación.
Al encontrarse con esa mirada tan sombría, Quentin Fontaine sintió que el alma se le quería salir del cuerpo.
Jamás en la vida había visto unos ojos tan aterradores, tan vacíos, tan desprovistos de humanidad… Era como si estuviera mirando a un muerto, pero con vida.
En ese instante, el miedo lo dominaba por completo, aunque todavía no entendía cuán grave se iba a poner la situación.
Tartamudeando, alcanzó a suplicar:
—Déjame encargarme de ella. Si después hay algún problema, yo me hago responsable.
Los ojos de Sebastián se oscurecieron aún más.
—¿Encargarte de ella… tú?
Quentin Fontaine pensó que Sebastián estaba cediendo.
—Si de verdad no la superas, pues… podemos compartirla… —ni terminó de hablar cuando un alarido desgarrador le cortó la frase.
Ese grito fue tan salvaje y desesperado que hasta los meseros que esperaban en el pasillo lo escucharon.
Entre ellos, también estaba el asistente de Quentin Fontaine.
El asistente, al ver que no había logrado detener a Sebastián, quiso regresar a avisar, pero ya era demasiado tarde.
En ese momento, al reconocer el grito de su jefe, supo que algo andaba muy mal.
Sin pensarlo más, salió corriendo a buscar ayuda.
Toda su atención estaba en su hijo, sin percatarse de que el ambiente en la habitación se había tornado tan extraño y silencioso que ponía la piel de gallina.
Al escuchar la voz de Fontaine, Sebastián levantó la cabeza, todavía con la mirada clavada en Quentin Fontaine.
En ese instante, los ojos de Sebastián relampaguearon con un rojo sanguinario. Su silueta imponente tapaba la luz del fondo, y la mitad de su cara quedaba sumida en una sombra que le daba el aspecto de un demonio recién salido del infierno.
El corazón de Fontaine dio un brinco involuntario. Sintió cómo el sudor frío le empapaba las manos.
Pero era su hijo quien estaba ahí, y Fontaine no podía permitir que Sebastián siguiera haciéndole daño. Temblando, abrió la boca:
—Déjalo ya, suéltalo, o si no…
—¡Pum!
Antes de que terminara la frase, un disparo retumbó en toda la habitación, estremeciendo los oídos de todos. En la cabeza de Quentin Fontaine apareció un agujero sangriento.
Fontaine jamás imaginó que Sebastián, sin decir ni una sola palabra, sin titubear, acabaría con la vida de su hijo de un disparo.
El impacto fue tan brutal que Fontaine vio negro y cayó desmayado en ese mismo instante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de una Madre Traicionada
Not to mention that the translation is flawed too, right!?...
Wow, what a joke! It's only released up to chapter 200, after which it's blocked, and then released again from chapter 1434 onwards. That's ridiculous!...