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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1196

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El cuerpo de Sabrina se tensó de inmediato, cada vello de su piel se erizó como si una corriente eléctrica la recorriera.

Su instinto le gritó que una amenaza mortal la acechaba.

Era esa sensación que solo le surgía en los momentos donde la vida y la muerte se rozaban, ese presagio que no perdona.

Sabrina se detuvo en seco, como si alguien la hubiera clavado al suelo.

Sebastián pareció distinguirla a través de la penumbra; su mirada se tornó más enfocada.

—Eres tú…

Sabrina salió de su trance y caminó hasta él.

—Hache, ¿por qué no pruebas algo de comer?

Sebastián se llevó la mano a la frente, frotando sus sienes con gesto cansado.

—Me duele mucho la cabeza… prefiero no comer por ahora.

—Si no comes, te va a doler más. No ayuda en nada que estés débil. Al menos prueba un poco, ¿va?

Sus pupilas parecían vibrar, como si todo a su alrededor se cubriera por una bruma roja. El mundo se desdibujó para él, y solo la mirada preocupada de Sabrina se mantenía nítida, como un faro en la tormenta.

Eso le ayudó a recobrar una pizca de claridad.

Bajó la mirada, y murmuró, casi vencido:

—…Está bien.

Sabrina lo ayudó a incorporarse con cuidado.

La piel de Sebastián estaba tan fría que daba un escalofrío tocarlo, como si fuera mármol helado.

Tenía las manos apretadas en puños, los tendones saltados bajo la piel, luchando por contener algo que amenazaba con salirse de control. Su respiración era pesada, ruda.

Sabrina notó el cambio, y lo miró con inquietud.

Sebastián tenía la mirada encendida de un rojo intenso, un destello feroz que cruzó sus ojos y desapareció en un instante.

Con la voz ronca, casi irreconocible, Sebastián habló:

—…Sabrina, vete. Ahora.

Su garganta se movía con dificultad, el rostro retorcido por la tensión.

Solo con el mayor esfuerzo lograba no perderse a sí mismo. Sentía la mente como una cuerda tensada al máximo; un tirón más y todo se rompería, dándole paso a una locura sin freno.

Si eso ocurría, no distinguiría entre amigos y enemigos. Haría daño a quien se acercara.

Sabrina palideció.

Todo quedó en silencio.

Sabrina, jadeando, miró a Sebastián desplomado en el suelo y la sangre que comenzaba a correrle por la cabeza. El pánico le revolvió el estómago.

¿Y si lo había matado? ¿Y si por defenderse se le había ido la mano?

Se agachó con el corazón desbocado y le acercó la mano a la nariz: aún respiraba.

Suspiró, sintiendo que las piernas le temblaban de alivio.

Torpe, lo arrastró de vuelta a la cama y comenzó a limpiar la herida con el botiquín que había traído de la farmacia. Sacó la gasa y el antiséptico, desinfectando con cuidado.

Miró la bolsa donde llevaba una cuerda y unas esposas de juguete. Pensó un momento, pero decidió no atarlo.

Un hombre como Sebastián no merecía esa humillación. No era justo tratarlo así, incluso si la situación era peligrosa.

Si volvía a perder el control, siempre podía volver a usar la lámpara.

Se miró las manos, todavía temblorosas.

Ahora que ya había pasado por eso una vez, la próxima estaría más preparada. Y sería más precisa.

...

Al día siguiente, Sebastián despertó con la cabeza a punto de estallar.

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