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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1197

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No sabía si era solo su imaginación, pero Sebastián sentía que esta vez el dolor de cabeza era mucho más fuerte que antes.

Aunque ya estaba despierto, la cabeza le seguía dando vueltas, pulsando como si le hubieran clavado un clavo.

Instintivamente, llevó la mano a la cabeza y se topó con una venda gruesa, apretada alrededor del cráneo.

En ese instante, la memoria lo golpeó como una ola que lo arrastraba sin piedad.

Recordó exactamente lo que había pasado.

La enfermedad hereditaria de la familia Fonseca era como una maldición grabada en los huesos.

Cuando perdías el control, no sabías ni lo que hacías.

Pero cuando regresaba la lucidez, recordabas cada cosa que habías hecho, sin poder escapar de ello.

Algunos, en medio de uno de esos episodios, habían terminado por matar a la persona que más querían.

Y cuando la cordura regresaba y la memoria les caía encima, se venían abajo, se rompían de verdad, y ya no volvían a tener un momento de calma.

Había quienes, al darse cuenta de lo que les esperaba, preferían acabar con todo antes de perderse por completo.

Parecía que ese era el destino inevitable de todos los que encabezaban la familia Fonseca.

Entre más aguda y rápida fuera la mente, más fácil era que algo se rompiera por dentro. No había excepción.

Sebastián se puso serio de inmediato, mirando a su alrededor con nerviosismo.

La lluvia afuera se había detenido sin que él se diera cuenta.

Un rayo de sol entraba por la ventana, iluminando el rostro sereno y tranquilo de la mujer junto a él, dándole un halo de luz suave que la hacía ver deslumbrante.

En ese momento, ella tenía el codo apoyado en la cama, la cabeza en la mano, los ojos cerrados, y la cabeza le caía de vez en cuando, a punto de quedarse dormida.

En realidad, ya se había quedado dormida hace rato.

Sebastián se fijó bien y notó las ojeras bajo los ojos de la mujer, y el cansancio marcado entre sus cejas.

No cabía duda, no había descansado nada.

Sebastián se quedó observando a la mujer dormida, sin apartar la mirada.

No supo cuánto tiempo pasó, pero de pronto el brazo de Sabrina, después de tanto tiempo en la misma posición, ya no aguantó más y se le cayó.

—Quizá sea por tanto insomnio acumulado. Eso pone a cualquiera irritable.

Sabrina había leído historias así en las noticias: personas que, tras semanas sin dormir por culpa de los vecinos ruidosos, terminaban perdiendo el control y hacían locuras.

Sabía que no dormir bien te volvía irritable, agresivo, capaz de explotar por cualquier cosa.

—¿De verdad no hay forma de tratarlo? —preguntó Sabrina, preocupada.

—Antes sí la había… pero ahora… parece que ya no.

Sabrina pensó que no podían seguir así por más tiempo.

Había estudiado medicina varios años con Hernán Castaño y algo entendía de enfermedades.

—¿Recuerdas cómo te sentías justo antes de perder el control? —le preguntó.

—Irritado, a la defensiva, como si tuviera una fiera adentro, queriendo salir a como dé lugar —respondió Sebastián, con voz baja y tensa.

Sabrina no se detuvo:

—Hace un momento dijiste que antes sí existía una manera de tratarlo. ¿Cuál era esa forma?

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