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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1199

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—De lo demás, ya me encargué —dijo Sabrina con voz tranquila.

Sebastián la miró, un poco avergonzado.

—Perdón, esta vez no pude ayudarte en nada. Al contrario, te metí en este lío... Y ahora hasta tienes que cuidarme.

Sabrina se disponía a responderle cuando su celular empezó a sonar.

Miró la pantalla: Marcelo Blanco.

Sabrina contestó sin dudar.

—¿Qué pasa, compañero?

La voz de Marcelo sonó, fresca y segura.

—Sabrina, ya llegué a Alemania.

—Compañero, hazme el favor de actuar con mucha presencia estos días, llama la atención de la familia Fontaine todo lo que puedas.

Marcelo soltó una carcajada.

—Eso no es ningún problema.

Pausó, y luego preguntó con tono serio:

—Sabrina, ¿de verdad no necesitas que te ayude en algo más?

—Ahora mismo, con lo que haces ya me estás ayudando —le contestó ella.

—Podríamos irnos juntos, ¿sabes? Aunque Fontaine se entere, no se atrevería a meterse conmigo.

Sabrina lanzó una mirada rápida a Sebastián, que revisaba en silencio su celular.

—Yo podría irme contigo, pero Hache no. Jamás los dejarían sacarlo de aquí.

Bajó la voz y habló casi para sí.

—Hache me ha salvado tantas veces... Esta vez, yo tengo que asegurarme de que él esté bien.

Marcelo se quedó callado un momento. Él era alguien leal, de los que nunca abandonan a los suyos, así que entendía perfectamente lo que Sabrina sentía.

—Cuídate mucho. Si algo se sale de control, llámame de inmediato. Yo me encargo de cubrirte.

—No te preocupes, compañero. Ya tengo todo listo para cualquier contratiempo, no va a pasar nada.

Después de que Sabrina adquirió Grupo Vargas y aprovechó para quedarse con la empresa de Esteban, los socios que Celeste dejó en el pasado, al ver lo hábil que era Sabrina, le entregaron el control de los contactos y recursos que tenían. Por fin, Sabrina contaba con un grupo propio en quien confiar.

Marcelo, sabiendo lo cautelosa que era Sabrina, decidió no insistir más.

Los ojos de Sebastián brillaron.

—¿Cuentos para dormir?

—Cuando Thiago era pequeño y no podía dormirse solo, yo le contaba historias para que se relajara. Es lo mismo que hacer que la música te ayude a conciliar el sueño. ¿Probamos?

Sebastián no puso ninguna objeción, de hecho, parecía emocionado.

—Nunca nadie me ha contado un cuento para dormir —admitió, con una sonrisa que intentaba ocultar cierta nostalgia.

A Sabrina se le hizo un nudo en la garganta.

A pesar de haber crecido solo con Celeste, nunca le faltó cariño de su madre. Por eso, Sabrina era capaz de amar con libertad y ternura.

En cambio, Hache... él no había tenido esa suerte.

Sabrina lo miró con más suavidad y calidez.

—Hache, acuéstate bien. Puede que te quedes dormido antes de que termine la historia.

De pronto, Sebastián se animó a preguntar:

—¿Y tú? ¿Quién te cuenta historias a ti?

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