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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1201

Sabrina estaba a punto de decir algo, pero Sebastián se le adelantó con voz tranquila:

—De cualquier forma, no tiene sentido que te deje sola toda la noche durmiendo en una silla. Solo somos dos, así que yo descanso la primera mitad y tú la segunda. Así está parejo.

Como no iban a dormir en la misma cama, a Sabrina no le pareció tan incómodo. Más bien, le pesaba cierta culpa hacia Sebastián. Su idea inicial era curarlo, y al final, la que terminó usando la cama fue ella.

Sebastián volvió a hablar, con esa calma que parecía no alterarse con nada:

—Además, yo ni salgo durante el día. Si me da sueño, me echo un rato aquí mismo y ya. De todas formas, no tengo nada mejor que hacer.

Sabrina entendía que solo decía eso para que ella no se sintiera mal. No lo contradijo más.

—Bueno, entonces me voy a lavar la cara y en un ratito salgo a comprar algo de desayunar.

...

Apenas habían pasado diez minutos desde que Sabrina salió, cuando alguien tocó suavemente la puerta. Sebastián pensó que sería ella, pero al ver quién entró, se quedó sorprendido. Era la dueña del lugar.

Ella, una mujer de mediana edad, entró con paso tranquilo y una sonrisa amable.

—La señorita Ibáñez fue a comprar comida para ti —explicó, cerrando la puerta tras de sí—. Me pidió que viniera a echarte un ojo. Si necesitas algo, dime con confianza, ¿sí?

Sebastián se sentó más recto y le respondió con cortesía, aunque su tono dejaba ver cierta distancia:

—Muchas gracias.

La mujer agitó las manos, nerviosa.

—No, no, de verdad, ni lo digas. Es lo menos que puedo hacer. Antes...

Se detuvo, carraspeando, y una ligera incomodidad cruzó su mirada.

—La verdad, la actitud que tuve con ustedes no fue la adecuada —admitió.

Sebastián la miró fijamente, intrigado.

—¿A qué se debe ese cambio tan repentino, señora?

La dueña, acostumbrada a pasar mucho tiempo sola porque sus hijos trabajaban lejos, no necesitó mucho para soltarse a platicar. Apenas escuchó la pregunta, como si le hubieran abierto la llave, empezó a contarle todo.

—Mira, tú y la señorita Ibáñez tienen un aire diferente. Se nota que vienen de familia acomodada, no suelen hospedarse en lugares como este. Igual, he recibido aquí a varias parejitas así, ya sabes, de esos que parecen de novela: familia grande, mucho dinero, pero sus papás no los dejan estar juntos. Como los buscan hasta debajo de las piedras, terminan escondiéndose en lugares humildes como este.

Hizo una pausa, recordando.

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