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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1249

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Si Sebastián fuera tan ingenuo como Araceli, no habría nada de qué preocuparse.

Sin embargo, esa tarde todo permaneció en un silencio inusual. Hasta que Sabrina y la abuela Castillo terminaron de apreciar los cuadros, no ocurrió absolutamente nada fuera de lo común.

Por un momento, Gabriel llegó a pensar que quizá estaba exagerando.

Cuando Gabriel se ofreció a llevar a Sabrina de regreso, de pronto notó que un carro estaba estacionado justo frente a la entrada.

Sabrina lo vio y, en cuanto distinguió el modelo, supo de inmediato de quién era.

Se acercó despacio y tocó con suavidad la ventana.

—Hache, ¿qué haces aquí?

El vidrio bajó poco a poco, dejando al descubierto el rostro impecable de Sebastián.

—Sabrina, vine por ti. Este lugar queda lejos del hospital y tampoco me parece justo estarle pidiendo siempre al señor Castillo que te lleve y te traiga, gastando su tiempo y energía.

Sebastián hablaba con razonamiento, mostrando una amabilidad sincera.

—A fin de cuentas, este tipo de cosas son parte de mi trabajo.

Sabrina arrugó un poco la frente.

—Pero... tu herida...

Sebastián le regaló una sonrisa tan luminosa que por un momento pareció que no existía el dolor.

—Ya estoy mucho mejor, no es nada. Además, solo vengo a manejar y recogerte, eso puedo hacerlo sin problema. Piensa que te pago tan buen sueldo cada mes que, si me la paso sin hacer nada, luego sí me despiden, ¿no crees?

—¿Y cuánto llevas aquí esperando? —preguntó ella, notando cierta incomodidad en su pecho.

—No fue tanto —contestó Sebastián con naturalidad.

El guardia de la entrada, que había estado observando la escena, intervino:

—Este muchacho llegó como media hora después que usted, señorita Ibáñez. Desde entonces ha estado aquí esperando.

Sabrina revisó la hora en su celular.

Eso significaba que Sebastián llevaba fácilmente dos horas aguardando fuera.

Por acto reflejo, sacó su celular y comprobó que no tenía ni una llamada perdida ni mensajes nuevos.

Como no había ningún asunto urgente, después de ver los cuadros con la abuela Castillo, Sabrina se quedó un rato más platicando mientras compartían una bebida caliente.

Si hubiera sabido que Sebastián la esperaba afuera, jamás habría perdido tanto tiempo.

En el trayecto de regreso, Sabrina sugirió:

—¿Por qué no comemos algo antes de llegar?

—No te preocupes, antes de venir me preparé unos tamales instantáneos —respondió Sebastián, restándole importancia.

Tamales instantáneos...

Sabrina sabía que Sebastián aún no estaba del todo recuperado. No solo comía a deshoras, sino que encima se conformaba con cualquier cosa que tuviera a la mano.

Sintió una punzada de culpa.

—Perdóname, estos días te he dejado un poco de lado —admitió, con voz suave.

En medio de la noche, la voz de Sebastián se escuchó más cercana que nunca.

—No te preocupes. Por mucho tiempo que pase, mientras me necesites, aquí voy a estar, esperando por ti.

Sabrina se quedó muda, con el corazón latiendo con fuerza. Inconscientemente, volvió el rostro hacia él.

Años después, esa frase seguiría grabada en su memoria con una nitidez dolorosa.

Pero... ¿acaso existe alguien capaz de esperar siempre en el mismo lugar?

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