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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1255

El padre y el hermano de Sabrina no tenían ningún derecho a exigirle que se sacrificara por la familia.

Sabrina solo tenía que dedicarse a lo que ella quisiera.

A veces, la verdad, me daba envidia Sabrina. Ella podía decidir su propio destino con total libertad.

En cambio, yo crecí en la familia Ramos, disfrutando de todos sus privilegios. Eso significa que debo acatar lo que mi familia decida para mí.

Eva tenía la cabeza bien puesta. Era sensata y centrada.

Jamás se quejaba ni culpaba a nadie por no poder tomar sus propias decisiones.

Tenía muy claro que, si uno quería algo, tenía que estar dispuesto a pagar el precio. Así de simple, así de justo.

Por supuesto, tampoco se creía la última coca del desierto solo porque venía de cuna alta y tenía cosas que la mayoría jamás alcanzaría ni en sueños.

Se notaba tranquila, como si todo en la vida le pareciera natural.

Esa calma suya era algo que fácilmente despertaba admiración.

Al fin y al cabo, ni muchos hombres logran algo así.

Sebastián comentó:

—Sobre la madre de la señorita Ramos y la mamá de Sabrina, he escuchado varios rumores. ¿Usted qué opina, señorita Ramos?

Eva sonrió con tranquilidad.

—Lo que pasó entre la generación de nuestros padres no tiene nada que ver con nosotros. Los errores o aciertos de ellos no son cosa nuestra. No me corresponde juzgar quién tiene la razón o no.

Una respuesta impecable.

Eva tenía una habilidad con las palabras que era digna de aplaudir.

No solo era inteligente, sino que también sabía moverse entre las emociones ajenas con total soltura.

No era casualidad que la llamaran la principal dama de sociedad.

En ese momento, el mesero llegó con los platillos y los acomodó en la mesa.

Cuando terminó, Sebastián de repente preguntó:

—Señorita Ramos, ¿puedo tomar una foto?

Eva lo miró, intrigada.

—¿Una foto?

—Es que casi nunca vengo a un restaurante tan elegante y con comida tan cara. Quiero tomarle foto a la mesa y subirla a Instagram —contestó Sebastián.

Eva se quedó unos segundos en silencio, luego soltó una ligera risa.

La familia Fonseca era la más rica del mundo. Si Sebastián quisiera, podría comer ahí todos los días sin problema.

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