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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1256

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Ella reconoció un llavero familiar.

Llevaba años siendo amiga cercana de Eva, y era habitual verla entrando y saliendo de la casa de los Ramos.

Bastó una mirada para que Rocío se diera cuenta: ese llavero pertenecía a Eva.

¿Sebastián estaba comiendo con Eva?

¡¿Por qué Sebastián estaría comiendo con Eva?!

Desde que Araceli filtró aquel video, Rocío no se había atrevido a aparecer frente a Sebastián.

Simplemente no sabía cómo encararlo.

Esa barrera no era capaz de superarla ni siquiera ella misma, ¿cómo iba a tener el descaro de ir a buscarlo?

Buscó ayuda con varios psicólogos para tratar de estabilizar su ánimo.

Pero nada funcionó de verdad, y seguía sin poder controlar sus emociones.

Desde que Ulises había capturado a Araceli, cada vez que Rocío se sentía desbordada, la descargaba con Araceli, usándola para desfogar su rabia.

A esas alturas, Araceli ya estaba destruida por dentro y por fuera.

Tenía el rostro cubierto de heridas, muy lejos de su anterior belleza.

Su cuerpo estaba lleno de marcas, no solo de latigazos, sino también de quemaduras.

Incluso se alcanzaba a distinguir, grabada con un cuchillo, la palabra “basura”.

Rocío se frotó los ojos, luego volvió a ampliar la imagen.

La primera foto no tenía nada raro.

Quizás, en la segunda foto, por el ángulo de la toma, se captó sin querer una esquina del llavero.

Si no fuera porque Rocío tenía el ojo entrenado y conocía demasiado bien a Eva, jamás lo habría notado.

De pronto, Rocío estrelló el celular en la cara de Araceli.

—¡Maldita! —le gritó.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras le soltaba varias bofetadas a Araceli.

—¡Ni a mi hombre me respetaste, basura! ¡Basura! ¡Basura!

Toda la furia que sentía hacia Eva la descargó sin piedad en Araceli.

Eva bien sabía que Rocío había estado yendo a terapia, luchando contra sus problemas emocionales.

¡Y justo ahora, aprovechaba para robarle a Sebastián!

Ya era suficiente con que su propio hermano hubiera preferido a Eva por encima de ella.

Ulises frunció el ceño.

—¿No que el hospital es parte de nuestro Grupo Hoyos? ¿Cómo se colaron los sicarios?

El asistente no se atrevió a mirarlo directo a los ojos, y contestó en voz baja:

—Señor Hoyos, es probable que alguien del hospital... haya sido sobornado.

Que hubiera gente dentro del hospital recibiendo dinero, solo podía significar una cosa: que había manos ocultas de los Hoyos moviendo los hilos.

El gesto de Ulises se endureció de inmediato. Le ordenó al asistente:

—¿Y Rocío? Haz que Rocío venga.

—La señorita Hoyos tuvo que salir por un asunto, pero dijo que vendría en la noche —respondió el asistente.

Ulises arrugó la frente, molesto.

En ese momento, el celular que estaba en la mesita vibró.

El celular de Ulises recibió un mensaje.

Al abrirlo, vio que era de un número desconocido.

Tocó para ver la imagen, y de inmediato apareció la escena de un hombre y una mujer almorzando juntos.

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