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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1697

—Me llamó a mí y se tranquilizó cuando supo que solo te habías quedado dormida.

Sabrina respondió con un sonido vago de afirmación.

Al notar que el estado de ánimo de Sabrina no era el mejor, Daniela preguntó con preocupación:

—Sabrina, ¿qué tienes? ¿Estás de malas?

Sabrina se frotó el entrecejo con fatiga.

—Quizás solo he estado muy cansada últimamente.

Daniela suspiró.

—Aunque hay que aprovechar que Eva no ha regresado para quitarle más recursos, tu salud es lo más importante. Sabrina, no hace falta que te mates trabajando, tenemos tiempo de sobra.

Sabrina asintió y luego preguntó:

—Por cierto, Daniela, ¿has tenido contacto con Yeray últimamente?

—No —respondió Daniela—, desde que me fui de la familia Hoyos, perdí contacto con él.

—¿Tú crees... que su ceguera y su discapacidad son reales?

—De los ojos no estoy segura, pero sus piernas sí sufrieron daños graves. Aunque no sé si realmente no puede caminar.

Sabrina asintió y no preguntó más.

Poco después, Daniela condujo de regreso a la mansión de la familia Ramos y ambas se retiraron a descansar.

***

Durante varios días, Sabrina estuvo inmersa en el trabajo.

Respondió a casi todos los mensajes que Sebastián le enviaba, pero rechazó todas sus invitaciones para verse.

Necesitaba tiempo para pensar bien las cosas.

Un día, recibió una llamada de Gabriel.

—Sabrina, ya regresé de mi viaje de negocios. ¿Tienes tiempo para cenar hoy?

Aunque Gabriel se había mudado a Chile para expandirse, su trabajo seguía siendo demandante y viajaba con frecuencia. Cada vez que volvía, invitaba a Sabrina a comer para ponerse al día.

Como no se veían seguido, Sabrina casi siempre aceptaba sus invitaciones.

Esta vez no fue la excepción.

—Claro.

***

A las seis de la tarde, Sabrina llegó puntual al restaurante.

Gabriel ya la esperaba junto a la ventana. Al verla llegar, se levantó y, caballerosamente, le recorrió la silla.

Al bajar del auto, justo cuando Sabrina iba a despedirse, Gabriel la llamó.

—Sabrina.

Ella se giró para mirarlo.

—¿Pasa algo, Gabriel?

—¿Puedo darte un abrazo?

Sabrina lo miró y asintió.

Gabriel la abrazó suavemente y la soltó enseguida.

—Sabrina, deseo que seas feliz.

***

Sabrina subió por el elevador y regresó a su oficina.

Eran las ocho de la noche; la empresa estaba tranquila y silenciosa.

Abrió la puerta de su despacho.

Antes de irse, había dejado una lámpara pequeña encendida. Bajo la luz tenue, una figura alta y esbelta estaba sentada en silencio en el sofá.

La sombra solitaria del hombre se proyectaba en la pared, transmitiendo una sensación indescriptible de melancolía.

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