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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1769

—Ya puedes pedir un deseo.

Ulises miró las velas frente a él y dijo con indiferencia:

—Los deseos que pedí de niño nunca se cumplieron. Dado que mis deseos no se hacen realidad, pediré uno para ti.

Levantó la vista hacia Sabrina. Bajo la luz de las velas, sus ojos brillaban con una claridad y una ternura sin precedentes.

—Summer, deseo que obtengas todo lo que anhelas, que tu camino sea llano y que siempre encuentres calidez donde vayas.

Sabrina se quedó atónita.

El hombre frente a ella parecía haber dejado atrás la oscuridad, despojándose de su habitual frialdad y melancolía, volviéndose sereno y suave.

En ese instante, la figura de Ulises se fusionó extrañamente con aquel «Winter», el pintor inocente y puro.

Como si ya no fuera el patriarca de la familia Hoyos, ese Ulises despiadado e imperdonable, sino simplemente Winter, el artista que amaba pintar con pureza.

Sabrina se sintió inexplicablemente confundida.

Hasta que el maullido de un gato la trajo de vuelta a la realidad.

El pequeño gato atigrado había aparecido de la nada y ahora perseguía un globo.

La mirada de Sabrina parpadeó suavemente bajo la luz de las velas. Le pasó el regalo marcado con el número «30».

—Feliz cumpleaños.

Ulises lo tomó.

—Gracias.

Sabrina bajó la mirada.

—A comer.

Sin embargo, Ulises caminó hasta ella y le tendió la mano suavemente.

—Summer, ¿me permites esta pieza?

Sabrina miró la mano frente a ella y sintió una repentina familiaridad.

Antes de que pudiera descifrar de dónde venía esa sensación, Ulises ya la había levantado.

Sabrina detestaba el contacto físico con Ulises, pero al pensar que pronto se iría, se aguantó.

Ulises bajó la mirada hacia las pestañas temblorosas de Sabrina y dijo de repente:

—De pronto ya no quiero dejarte ir. ¿Cómo ves?

La expresión de Sabrina cambió al instante.

—Tú…

Ulises la interrumpió con una risa suave.

—Está bien.

Poco después, bajó a desayunar.

Tenía las manos vacías, no llevaba nada, tal como había llegado.

Ese no era su hogar y no había nada allí que valiera la pena llevarse.

Ulises la miró.

—Primero desayuna.

Después del desayuno, Ulises llevó a Sabrina hacia el helipuerto.

Tomó un camino diferente al de la última vez, ahorrándose unos diez minutos de caminata.

Al llegar frente al helicóptero, Ulises le dijo:

—Espera aquí un momento, voy a revisar los controles.

Sabrina asintió.

—Mjm.

Al ver a Ulises ocupado, Sabrina sintió que todo era irreal.

Había pensado que Ulises tal vez inventaría alguna excusa para retrasarlo unos días o que de plano se negaría a cumplir. No esperaba que realmente cumpliera su promesa y la dejara ir al día siguiente.

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