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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1918

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Sabrina quiso decir algo, pero se le hizo un nudo en la garganta y no pudo emitir ningún sonido.

Que Sebastián se sometiera a la hipnosis significaba que ambos tendrían que separarse.

¡Pero faltaba muy poco para su boda! Y ahora le decían que tenía que alejarse de él.

Era algo que Sabrina no quería y no podía aceptar.

Al parecer, adivinando lo que pasaba por su mente, Hernán le dijo:

—Sabrina, sé muy bien que tú y ese muchacho de la familia Fonseca pasaron por mil y un infiernos para poder estar juntos.

»Pero hay problemas que no se resuelven solo con amor, y mucho menos se curan con buenas intenciones.

»Es como si alguien se enfermara gravemente, no fuera al hospital a ver a un doctor, y se quedara en casa a rezarle a los santos para curarse. ¿Crees que eso es posible?

Hernán conocía a Sabrina desde hacía años y le tenía un cariño especial; de no ser así, no la habría ayudado tanto brindándole recursos y contactos todo este tiempo.

Si se tratara de cualquier otra persona, jamás se habría tomado la molestia de darle un consejo tan crudo.

Pero porque de verdad la apreciaba, necesitaba que ella abriera los ojos ante la realidad para que pudiera prepararse a tiempo.

Las pestañas de Sabrina temblaron ligeramente; en sus ojos se asomó una profunda desorientación.

Hernán sabía perfectamente lo cruel que resultaba esta decisión para ella.

—Piénsalo bien. Si necesitas que te eche la mano con algo, solo dímelo.

Sabrina seguía inmersa en su propio mundo, como si no lo hubiera escuchado.

Hernán no dijo nada más; soltó un suspiro, se levantó de la silla y la dejó sola.

Una brisa fría le sopló en el rostro y le alborotó el cabello.

Sabrina se quedó sentada en el mismo lugar, inmóvil como una estatua, durante mucho tiempo.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que escuchó un suave maullido.

Giró la cabeza y descubrió a un gatito de pelaje brillante que, sin saber cómo, había aparecido a su lado.

Al notar que le prestaba atención, el animalito saltó ágilmente a su regazo y se frotó contra ella, buscando mimos.

Sabrina no tardó en reconocerlo: ¡era un gato que ella conocía!

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