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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 2002

Últimamente, Sebastián había estado muy ocupado con ese asunto. Pero como Sabrina esperaba un bebé suyo, todos esos preparativos ya no tenían sentido.

El suave aroma a avena inundaba el cuarto. La mirada de Sebastián, por su parte, era como una flama ardiente que parecía querer atravesarla.

Sabrina ya no pudo fingir más y volvió a abrir los ojos. Al verla despertar, Sebastián le preguntó:

—¿Ya te despertaste? Sabrina, ¿no quieres dormir otro ratito?

A Sabrina ya se le había quitado el sueño.

—No, ya no es necesario.

Sebastián tomó el tazón de la mesa y verificó la temperatura de la avena.

—Si no quieres dormir, come algo entonces.

Le acercó la cuchara a los labios. Aunque Sabrina no tenía mucho apetito, pensó en el bebé que llevaba dentro y abrió la boca para comer.

Como no tenía ganas de comer, apenas logró pasarse un tercio antes de no querer más. Sebastián no la obligó; en lugar de eso, él mismo se comió la avena restante.

Al ver esto, Sabrina preguntó:

—¿No has comido nada?

—No.

Sabrina se quedó callada por un momento.

—Deberías bajar a comer algo.

—No hace falta —respondió Sebastián, que ya había terminado lo que quedaba en el pequeño tazón—. Con esto es suficiente.

Los labios de Sabrina se movieron levemente, pero al final se tragó las palabras de preocupación.

Esta vez, Sebastián no se quedó sentado junto a la cama mirándola sin parar. Agarró un libro y se sentó en el sofá a leer.

Sabrina volvió a cerrar los ojos. La recámara se sumió nuevamente en el silencio. El sol de la tarde entraba cálido por la ventana, y Sabrina no tardó en quedarse profundamente dormida.

Cuando volvió a despertar, ya estaba anocheciendo; el cielo afuera se había oscurecido. Las luces estaban apagadas, lo que dejaba el cuarto casi en penumbras.

Después de haber dormido toda la tarde, Sabrina sentía que había recuperado bastante energía. Al mover los ojos e intentar sentarse, notó de pronto unos ojos oscuros y profundos clavados en ella. Estaba tan concentrado observándola que no supo cuánto tiempo llevaba ahí.

—¡Ah! —gritó Sabrina, dándose un buen susto.

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