Malcolm abrió los ojos lentamente.
Lo primero que vio fue un almacén oscuro, tan sombrío que apenas podía distinguir las formas a su alrededor.
Se frotó la cabeza, que le dolía con una punzada molesta, y murmuró para sí mismo:
—¿Dónde estoy? ¿Cómo terminé aquí?
En los últimos días, Malcolm había estado perdido entre el licor y la tristeza, viviendo sumido en una especie de pesadilla interminable.
El golpe que le había dado Sabrina simplemente lo había destrozado.
Cada vez que recordaba la humillación que ella le había hecho pasar, sentía una rabia tan profunda que creía que podría volverse loco.
No lograba superar ese trago amargo.
Tanto era su odio, que incluso había contactado en secreto a un par de sicarios para que se encargaran de Sabrina.
Pensaba que, si ella desaparecía, tal vez podría dejar de sufrir.
Apenas ayer, por fin alguien aceptó su encargo. Le prometieron que al llegar a Colombia se pondrían en contacto con él.
La noticia lo emocionó tanto, que volvió a emborracharse hasta perder el sentido.
Pensaba que, si Sabrina moría, podría recuperar todo lo que había perdido.
De pronto, Malcolm se incorporó de golpe, sorprendido y hasta ilusionado.
—¿Ustedes son los sicarios que busqué?
Una silueta alta y esbelta se giró con lentitud.
Malcolm se quedó boquiabierto. El hombre que tenía delante era joven y bastante atractivo, no debía tener más de veintitantos años. No tenía el aire de un criminal despiadado, sino más bien el de un muchacho alegre cualquiera.
No pudo evitar preguntarse: “¿Ahora los sicarios también tienen que ser guapos?”
El joven lo miró directamente.
—Señor Fletcher, ¿cuáles son sus instrucciones?
En la mirada de Malcolm se encendió una chispa venenosa, como si una serpiente se escondiera en sus ojos.
—Quiero que primero la violen y luego la maten. Arruínenle la cara y déjenle las manos inutilizadas.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si compartiera un secreto sucio.
—Eso sí, cuando terminen, no dejen testigos. Si logran matarla, les pago lo que pidan.
El hombre dejó escapar una sonrisa torcida.
—Vaya, señor Fletcher, sí que sabe negociar.
El hombre asintió y le hizo una señal a un grupo de personas detrás de él.
—Perfecto, sigan lo que el señor Fletcher ha pedido. Es hora de actuar.
Malcolm no pudo evitar sentir cierto asombro por la eficiencia de ese grupo.
Ni siquiera habían mencionado el pago y ya estaban listos para empezar.
Justo cuando se regodeaba, vio que los hombres no se acercaban a la puerta, sino que se dirigían directo hacia él y lo sujetaron por los brazos.
Se quedó inmóvil, confundido.
—¡Oigan! ¿Qué están haciendo?
El joven sonrió, con una inocencia fingida.
—Pues, siguiendo exactamente las instrucciones que usted nos dio, señor Fletcher.
Malcolm todavía no entendía lo que pasaba.
—¡Yo les pedí que se encargaran de Sabrina! ¿Por qué vienen por mí?
El hombre fingió desconcierto.
—¿Y acaso en algún momento le dije que aceptaba hacerle daño a Sabrina?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de una Madre Traicionada
Not to mention that the translation is flawed too, right!?...
Wow, what a joke! It's only released up to chapter 200, after which it's blocked, and then released again from chapter 1434 onwards. That's ridiculous!...