Delphine perdió las fuerzas y se desplomó en el suelo, incapaz de sostenerse siquiera.
Sentía que toda su energía la había abandonado, como si la hubieran vaciado por dentro.
Patrick, con la sangre hirviendo y el rostro desencajado de furia, estampó el informe médico contra la mesa donde solían preparar las bebidas, dejando escapar un fuerte —¡Pum!—.
—¡Maldita sea! —rugió, y el grito resonó en toda la sala.
De pronto, el coraje le nubló la vista. No veía otra cosa que manchas oscuras danzando frente a sus ojos. Sin pensarlo, se llevó la mano a la cintura y sacó una pistola, apuntando sin titubear a Delphine.
—¡Ahhh! —Delphine chilló aterrada, su grito desgarrando el aire.
El ambiente entero se saturó de tensión, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante, a esa rabia.
El resultado del informe era imposible de ignorar: Cristian no era su hijo.
No era suyo... ¡Nunca lo fue!
Si Cristian no era su hijo... ¿Y entonces Yenón Nolan y Ranleé Nolan? ¿Acaso tampoco eran sus hijas?
El recuerdo de Yenón y Ranleé escapando juntas se le clavó como una espina. Si habían huido así, seguro tampoco eran sus hijas. Lo sabían desde el principio. Sabían que no eran sus hijas y, aun así, se marcharon sin mirar atrás.
Si hubieran sido sus hijas, no habrían huido.
La rabia se le acumuló en el pecho, ardiendo como un incendio imposible de apagar.
—¡Eres una traidora! ¡Te lo mereces! —le gritó Patrick a Delphine, ya completamente fuera de sí.
Con un movimiento brusco, quitó el seguro de la pistola. Iba a matarla... ¡Ninguno de los tres era suyo!
Todos estos años, criando a esos tres niños como si fueran suyos, dándoles todo de sí... ¡y ni uno solo era de su sangre!
Cristian no dudó un segundo y se interpuso entre Patrick y Delphine.
—¡Padre! —gritó con voz ronca, intentando que Patrick recobrara la razón.
Pero Patrick no escuchaba. La furia lo había devorado por dentro.
Todos esos años, Delphine había sido intocable para él. La cuidaba como si fuera un tesoro. Incluso, por no incomodarla, rara vez permitía que Dan viniera a la Colina del Eclipse. Amaba a Delphine y a los hijos que creía suyos. Todo lo que hacía era para protegerlos... y así le pagaban.
Patrick tenía los ojos tan rojos que parecían a punto de estallar.
Cristian y Delphine no podían creer lo que estaban viendo.
—Padre, ¿de verdad vas a hacernos esto? —espetó Cristian, con la voz cargada de rabia.
Delphine también intentó ablandarlo:
La sangre le manchaba la camisa a la altura del pecho. Delphine, temblorosa y al borde de la histeria, presionaba la herida con las manos.
—¡Cristian, Cristian! ¡No, no, no! —lloraba, sin poder asimilar lo que ocurría.
Miró a Patrick con espanto, incapaz de creer lo que acababa de pasar.
—¡Tú... tú sí disparaste! ¡De verdad ibas a matarlo! —le reprochó, la voz quebrada.
—¡Él te ha llamado padre durante años! ¿Cómo pudiste ser tan despiadado?
Delphine no podía dejar de gritar, entre el dolor y el reproche.
Nunca pensó que Patrick fuera capaz de apretar el gatillo, mucho menos contra Cristian, a quien siempre había protegido más que a nadie.
Pero ahora...
—Sí, no es tu hijo biológico, pero ha estado contigo todo este tiempo, siempre te ha considerado su padre, ¿cómo pudiste hacerle esto?
Delphine abrazaba a Cristian con fuerza, al borde de perder la razón. Ya no quería discutir, no quería pelear.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡Tenemos que ir al hospital! ¡Al hospital! —gritó, desesperada.

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