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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1033

Oliver no se atrevía a subirse al carro, sin importar lo que le dijeran.

No fue hasta que vio cómo el carro de Vanesa y Yeray se alejaba y desaparecía, que se animó, a paso de tortuga, a salir del avión.

—¡Ay, caray, con esta mujer! ¡De verdad me va a matar!

Durante todo el trayecto, había caminado con el alma en vilo.

Estaba seguro de que Vanesa podría aparecer en cualquier momento solo para soltarle un trancazo...

Y bueno, si le pegaba, pues ni modo. Pero lo que le daba miedo de verdad era que Vanesa podía ser demasiado brava.

Podía dejarlo medio muerto y, de paso, asustar a cualquiera que lo viera.

Pero lo peor era que, teniendo un bebé en camino, si algo le pasaba al niño por culpa de una golpiza, entonces Yeray tampoco se lo iba a perdonar.

—¿De verdad me tocó una pareja así de intensa?

Oliver descendió del avión, murmurando para sí mismo.

Estaba muy molesto con Yeray.

¿No se daba cuenta del peligro? Si él no lo hubiera sacado a tiempo, el que habría terminado molido a golpes habría sido Yeray.

Lo consideraba un hermano, y ¿así le pagaba? Lo había vendido sin pensarlo dos veces.

Ese recuerdo le revolvía el estómago.

Marcó un número en su celular. Al poco rato, contestaron del otro lado:

—Señor Oliver.

—Apúrate y mete el carro, ya se fueron ellos.

No iba a subirse con Yeray ni aunque le pagaran.

Le tenía un miedo tremendo a Vanesa, así que prefirió que alguien más lo fuera a buscar.

Pero entonces...

—Señor Oliver, la carretera hacia el aeropuerto de la familia Allende está cerrada, no dejan pasar.

—¿Qué dices?

—Me detuvieron en la salida, no dejan entrar. Si quieres, sal tú y te espero aquí afuera.

Oliver se quedó mudo.

Miró a su alrededor en la pista de aterrizaje. No había nada más que aviones y una soledad abrumadora.

Ese era el aeropuerto privado de la familia Allende...

Un lugar exclusivo para sus viajes, así que era lógico que no dejaran entrar carros de gente de fuera.

Y el carro que había venido por Yeray y Vanesa ya se había ido.

Miró el avión, completamente solo, y un escalofrío le recorrió la espalda.

Vanesa le lanzó una mirada fulminante, como si quisiera tragárselo entero.

Durante todo el trayecto, salvo cuando dormía, Vanesa no había dejado de estar molesta.

Estaba de verdad indignada...

Por culpa de Yeray, había hecho cada tontería...

—La gente de Dan me veía como si fuera una tonta, ¿y eso te alegra?

—No, claro que no me alegra.

Mientras decía eso, Yeray apenas lograba contener la risa; las comisuras de sus labios no dejaban de temblar, a punto de delatarlo.

Vanesa lo miró, llena de furia.

—Te juro que me dan ganas de estrangularte aquí mismo.

—¿Por qué tuve que cruzarme con alguien tan necio como tú?

Era imposible no desesperarse...

—¿Sabes lo mal que la pasé esa noche? ¡No tienes idea!

—Es que... yo tampoco sabía nada en ese momento.

Había bebido tanto esa noche que ni siquiera recordaba bien lo que pasó.

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