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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1101

Vanesa y Yeray apenas habían salido de la casa de los Méndez cuando, a sus espaldas, estalló otra discusión feroz.

Vanesa, despreocupada, iba tarareando una melodía alegre mientras subía al carro.

Yeray tomó el volante, pero no pudo evitar mirar de reojo a Vanesa, tan radiante y contenta. Sin decir palabra, le tomó la mano y la puso sobre la palanca de velocidades.

—¿Y ahora tú qué? —protestó Vanesa, medio divertida—. Ya vas a empezar con tus cursilerías.

Intentó soltar la mano, aunque casi por reflejo, pero Yeray apretó un poco más fuerte.

—No te muevas. Déjame agarrarte la mano un rato.

—Mejor maneja bien, ¿sí?

Vanesa farfulló, entre fastidiada y divertida.

—Desde cuándo te pusiste tan pegajoso, eh.

Ella no tenía ni idea… Yeray sentía el pecho tibio, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Durante años él se había mostrado tan distante, y todo era culpa de esa casa de los Méndez, ese lugar que alguna vez fue su hogar, pero que se había vuelto tan frío y ajeno desde que su madre se fue.

Cuando su madre murió, nadie volvió a cuidar de él en ese lugar. Podía defenderse, claro, pero lidiar con Solène era otra historia. Aunque parecía que ganaba las discusiones, al final Solène siempre salía beneficiada, como si todo se le acomodara.

Al final, Yeray terminó harto y decidió alejarse de los Méndez.

Pero no podía mentirse… ese lugar aún tenía algo de su madre. René había llegado a donde estaba gracias a ella, y juntos habían enfrentado mil problemas y desafíos. Pero su madre se fue, y entonces Solène regresó con Rodolfo, y hasta Flora Méndez apareció en la escena… ¡y ni siquiera era mucho más chica que él!

Vaya ironía. Mientras su madre se partía el lomo por la familia, la otra mujer vivía de lo lindo afuera. Y cuando su mamá murió, Solène se instaló de inmediato en la casa. Yeray trató de pelear, pero nunca sirvió de nada.

Se sentía como una fiera acorralada. Pero al final, nunca logró dañar a sus enemigos ni un poco.

—Qué bien se siente esto —soltó Yeray sin pensarlo.

—¿A qué te refieres? —Vanesa parpadeó, sorprendida por el comentario repentino.

—Cuando tu hermano atacó a los Méndez hace tres años… la neta, me dio gusto.

En aquel entonces, la familia Méndez estaba hecha un caos, nadie la estaba pasando bien. Ni él mismo, claro, pero Yeray no se quejaba. Mientras los demás sufrieran, él se sentía satisfecho.

—Entonces, ¿para qué fuiste tantas veces? ¿Qué estuviste haciendo allá?

—¿De verdad dudas de mí? ¿Así de fácil me señalas?

—¡Basta de rodeos, explícate de una vez! ¡Nada de cuentos!

René no quería oír excusas ni dramas. Solo quería saber la verdad. Quería saber, de una vez por todas, qué había hecho Solène durante esos viajes.

Rodolfo intentó interceder.

—Ya, por favor, no peleen.

—¡Tú mejor cállate! —bramó René, tan furioso que ni siquiera podía soportar la intervención de su propio hijo.

...

De regreso en el carro, a Vanesa le entró una llamada de la familia Méndez. Apenas le contaron que Solène y René estaban peleando a gritos, su ánimo mejoró todavía más y siguió tarareando, ahora con más ganas.

Al llegar a la casa de los Allende, Isabel estaba con Esteban revisando los detalles del lugar para la boda, mirando todo desde el montaje hasta la elección del vestido.

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