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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1110

Patrick respiraba agitadamente.

—Tú… —alcanzó a decir, con el pecho subiendo y bajando.

Eric lo miró con cara de fastidio.

—Nunca he sido bueno para consolar a nadie, pero la verdad es que estos días has estado bien salado. ¡Despabílate! Ya acéptalo, te quedaste sin descendencia.

Patrick se quedó mudo, solo se escuchaba su respiración entrecortada. En ese momento, sintió que casi le daba un infarto de tanto coraje.

¿Eso era consolar? ¿Así se supone que uno debe animar a otro? ¿Acaso alguien cuerdo diría semejante cosa para levantarle el ánimo a un amigo?

Patrick caminó tambaleándose, temblando de rabia.

Apenas se fue, Carlos regresó y se topó con Eric en el elevador.

—¿Y ahora qué le dijiste? ¿Por qué salió así de alterado?

Carlos había visto todo desde el estacionamiento: Patrick subió al carro y hasta se tropezó, con el ánimo por los suelos, la cara descompuesta.

Eric se encogió de hombros.

—Pues nada importante. Es que su esposa sigue diciendo que no es hija de él y se enoja. Yo solo le dije que ya aceptara la realidad, que al final ya no va a tener hijos, que lo supere.

—Hasta eso le quise animar y todavía me echó una mirada fulminante, ¿ves? —Eric resopló, ofendido—. Ya ni sé cómo tratarlo.

Julien, que estaba a un lado, intercambió una mirada con Carlos. Ambos miraron a Eric como si estuviera loco.

Durante el resto del trayecto en elevador, Carlos ni se molestó en responderle.

Al salir, Carlos entró al departamento con paso firme, dejando a Eric confundido.

Eric se volvió hacia Julien.

—¿Y ahora qué dije? ¿Por qué todos me ven así?

Julien sonrió de lado.

—No te preocupes, lo tuyo fue puro consuelo. Deberías hacerlo más seguido…

Eric se quedó callado, rascándose la cabeza. Algo en ese comentario no le sonó bien.

Cuando Carlos llegó al departamento, Paulina ya había terminado de firmar unos papeles. Al verlo, puso cara de fastidio, inflando las mejillas.

Carlos se acercó, la tomó suavemente por la cintura, que ya se le notaba un poco más ancha, y la besó sin previo aviso.

—¡Mmm…! ¿Oye, qué te pasa? —protestó Paulina, medio entre risa y sorpresa.

Carlos la levantó de un solo movimiento y la sentó sobre la mesa, rodeando su cintura con las piernas de ella.

—Estos días no pienso irme de Littassili. Ya mandé a poner en orden la casa en el campo. Mañana mismo nos mudamos allá.

Paulina abrió los ojos, incrédula.

Mientras Paulina vivía días de ensueño, en Irlanda la rutina era otra historia.

Andrea seguía yendo al hospital todos los días, casi siempre acompañada de Mathieu. Apenas se despedía de él, Fabio ya la estaba esperando.

En apenas dos días, el aspecto de Fabio había cambiado. Ojeras marcadas, el cabello despeinado, la mirada perdida. Claramente no había dormido nada.

Se acercó sin pedir permiso, le arrebató la bolsa y empezó a buscar entre sus cosas hasta dar con su celular. De inmediato, borró su número de la lista de bloqueados.

Andrea lo miró con la ceja arqueada.

—¿Y eso de qué te sirve? Si quiero, te vuelvo a bloquear en un segundo.

Sin perder tiempo, recuperó el celular de manos de Fabio y, frente a él, lo bloqueó otra vez.

El ambiente se volvió tenso, Andrea emanaba una frialdad decidida, como si nada en el mundo pudiera hacerla cambiar de opinión.

Fabio la miró, desesperado.

—¿No puedes dejar de hacer esto? Andrea, todos estos años…

—¿Todos estos años qué? —lo interrumpió Andrea, tajante—. Entre tú y yo ya no hay nada, nunca lo hubo.

La voz de Andrea sonó tan firme que Fabio sintió que le tiraban un balde de agua helada. Mientras él seguía perdiendo los estribos, ella se mantuvo impasible, como si toda emoción hubiera desaparecido de su interior.

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