Al mencionar a esas dos personas, Vanesa no pudo evitar recordar aquella noche, cuando ese grupo se llevó a Yeray.
Vanesa lo miró con cara de pocos amigos.
—Vámonos ya —soltó Yeray.
La tomó de la mano y la jaló para salir de ahí.
El pobre Yeray llevaba días marcando por teléfono y llorando a moco tendido, así que ya era hora de enfrentar la situación.
Si quería quedarse en París, Vanesa tenía que calmar esa furia que traía encima.
No podía ser como con Dan Ward, que cada vez que se lo topaba le soltaba una golpiza.
Yeray llevaba días diciéndole a Nina y a los demás que Vanesa no era así...
Pero nadie le creía.
Después de ver la forma en que le rompió la cara a Dan, todos le tenían miedo.
Vanesa terminó yéndose con Yeray, mientras Isabel, haciendo puchero, murmuró:
—Antes Yeray no se veía tan cobarde, ¿cómo es que de la noche a la mañana se volvió así?
—No es él, son los que lo rodean —replicó Esteban, revolviéndole el cabello.
Isabel solo lo miró, entre molesta y resignada.
—¡La gente que lo rodea! —repitió para sí.
Esteban explicó:
—Después de esa noche, Dan y varios de sus amigos acabaron en el hospital; por eso ahora andan todos asustados.
Y sí, esa vez que Vanesa le pegó a Dan, la verdad es que dio miedo.
Pero eso ya era asunto pasado.
Isabel, con ojitos brillantes, miró a Esteban y preguntó:
—¿Hoy podríamos cenar queso fundido?
Tenía mucho tiempo sin comerlo.
Desde que supieron del embarazo, Esteban se había puesto muy estricto con lo que Isabel podía comer.
Todo lo que le preparaban ahora era tan insípido, que Isabel sentía que su paladar estaba por morir de aburrimiento.
—Está bien —accedió Esteban.
—¿De verdad? —preguntó Isabel, encendida de emoción, sin poder creer lo que oía.
Se levantó de inmediato, le tomó la mano, y sonrió tan grande que parecía que le iba a explotar el corazón de felicidad.
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