Cuando llegaron a París, ya era la mañana del día siguiente.
Apenas bajó del avión, Paulina recibió una llamada de Isabel. Con la voz animada, Isabel preguntó:
—¿Quieres venir a desayunar? Le pedí a la cocina que prepararan lo que te gusta.
—Ahorita no puedo, no me esperes, tú desayuna tranquila —respondió Paulina, con tono apurado.
—¿Todavía no llegas? —insistió Isabel.
—Ya llegué, pero tengo que ir al hospital a confirmar si lo que tengo en la panza es un tumor… o un bebé.
Del otro lado de la línea, Isabel se quedó en silencio.
El ambiente se congeló por cinco segundos.
—¿Qué dijiste?
¿Tumor? ¿Bebé?
¿Desde cuándo esas dos cosas se pueden confundir?
—Voy a ir al hospital a checar si lo que tengo en la panza es un bebé o un tumor —repitió Paulina, como si nada.
Aunque Hayes le había dicho que lo más probable era que fuera un bebé, desde que Carlos mencionó la posibilidad de un tumor, la cabeza de Paulina no dejaba de dar vueltas.
Especialmente al sentir ese bultito duro en su vientre, ya no estaba tan segura de nada.
Si resultaba ser un bebé, se iba a poner a brincar de alegría.
Pero si era un tumor... mejor que se lo quitaran de inmediato.
Isabel tardó unos segundos más en reaccionar.
—¿Estás comparando tener un hijo con tener un tumor?
¿En serio existe esa comparación?
—¿Eh? —respondió Paulina, desconcertada.
—Si es un hijo, es un hijo. ¿Desde cuándo eso podría ser un tumor?
Isabel estaba tan sorprendida que ni encontraba palabras. Jamás había escuchado semejante comparación.
—Entonces, ¿cómo se diferencia un hijo de un tumor? —insistió Paulina.
—…
—¿Cuál es la diferencia?
De pronto, Paulina recordó que Isabel ya tenía un bebé, así que seguro ella entendía más del tema.
Todo el trayecto, entre ella y Carlos, había sido una montaña rusa de emociones.
Seguía con el miedo de que fuera un tumor.
Pero Isabel, al escuchar la pregunta, simplemente se quedó en blanco.

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