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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1161

El ambiente se volvió extraño de repente. Había algo en el aire, como si todos estuvieran esperando a que alguien rompiera el silencio, pero nadie se atrevía.

Especialmente Lorenzo. En todos estos años, nunca se le había visto cerca de una mujer. Su vida giraba solo en torno a trabajar para Esteban, siempre cumpliendo sus encargos sin cuestionar nada.

Y ahora, después de ir a dejar a Jasper, se encontró con este problemón.

El ceño de Esteban se marcó aún más. Su tono resultó seco, casi cortante:

—¿Y tú cómo piensas resolver esto?

Lorenzo tragó saliva y tartamudeó:

—Yo… yo, pues…

De verdad, no sabía ni por dónde empezar. Había cumplido infinidad de misiones para Esteban, pero esto no tenía nada que ver con él. Aquí quien mandaba era el señor Allende.

Ya había interrogado a Astrid casi todo lo posible y había mandado a alguien a investigar su identidad. En efecto, la casa que tenían en Península Santa Rosalía la habían vendido; incluso los vecinos lo confirmaron.

¿Entonces qué? ¿Le tocaba a él manejar hasta Península de Rivadeneira para dejarla? ¡Más de dos mil kilómetros! Y ni siquiera todo el trayecto era por autopista. Se necesitaban, mínimo, tres días de viaje.

Tres días... Solo de pensarlo, a Lorenzo le dolía la cabeza.

Intentó explicarse, pero la mirada de Esteban lo fulminó. Sintió cómo las palabras se le atoraban en la garganta y simplemente se rindió, guardando silencio.

Al final, no le quedó otra que llevarse a Astrid.

...

Isabel apareció detrás de Esteban. Sin esperar, él la atrajo hacia su pecho con un gesto posesivo.

—Hasta Lorenzo puede perder la compostura, al parecer —soltó Esteban—. ¿Cómo es posible que traiga a cualquier persona sin pensarlo?

Isabel, con la voz suave pero segura, comentó:

—Él siempre ha sido cuidadoso. Seguro ya averiguó todo lo necesario.

Esteban negó con la cabeza, todavía con la expresión tensa:

—Lo peor en estos casos es encontrarse con alguien que tenga segundas intenciones.

Isabel no respondió. Se quedó pensando.

¿Alguien con segundas intenciones? No le parecía.

Recordó la expresión nerviosa de Astrid cuando tomó la manga de Lorenzo, los dedos temblorosos, los ojos asustados. Todo eso no era fingido. Aquella muchacha, sin duda, nunca había presenciado una escena similar. El miedo era auténtico.

Además, sus manos estaban oscuras y ásperas, sobre todo entre el pulgar y el índice, marcas claras de alguien que pasa mucho tiempo desenredando redes de pesca.

Por algo tenía fama de ser el asistente más temido de París. En todos estos años, mucha gente, buscando acercarse a Esteban, trató de ganarse a Lorenzo.

Intentos no faltaron, y entre ellos, claro, había mujeres.

Pero Lorenzo siempre se mantuvo distante. No importaba quién se le acercara, él seguía igual: impasible, sin mostrar ningún interés.

Ahora Isabel le decía que Lorenzo había recogido a una mujer… ¡Eso sí que era para no creerse!

Isabel asintió, con una sonrisa discreta:

—Sí, la recogió.

—¿Y dónde? ¿Cómo fue?

Isabel dudó.

Vanesa se le quedó viendo, con los ojos llenos de curiosidad. Isabel, por primera vez, se dio cuenta de que su hermana mayor sí que disfrutaba el chisme.

Bueno, ¿y cómo no? El asunto era jugosito.

Después de todo, ¿quién podía presumir de tener un chisme sobre Lorenzo? Nadie. Siempre había sido tan correcto, tan limpio, que ni quien se le acercara con malas intenciones.

No tenía ningún secreto a la vista.

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