Las palabras “vela” y “tercera rueda” cruzaron al mismo tiempo por la mente de Carlos y Mathieu.
Ambos se miraron con un dejo de fastidio, como si se retaran en silencio: —Hmmm—.
Paulina, en cambio, al ver a Andrea junto a Mathieu, no pudo ocultar su emoción; los ojos se le iluminaron como si hubiera encontrado un tesoro.
Al final, las dos chicas se abrazaron con fuerza, riendo y girando sobre sí mismas.
Mathieu y Carlos, en cambio, se quedaron parados a un lado, sin saber muy bien qué hacer ni qué decir…
…
—¡Boom!—, estalló un espectáculo de fuegos artificiales, pintando aún más de colores el cielo de París, ya de por sí inundado de luces.
La caravana de carros de la boda cruzaba la ciudad en medio de la noche, como un desfile interminable.
Isabel miraba a través del techo panorámico el cielo cubierto de fuegos artificiales; sus ojos, llenos de destellos, parecían haber guardado en su interior miles de estrellas.
Acurrucada en los brazos de Esteban, Isabel murmuró con una dulzura que jamás había sentido:
—Con esto, estás haciendo que todo París se entere de que nos casamos, ¿verdad?
En ese instante, cada palabra de Isabel salía impregnada de miel y ternura.
Recordó aquellos días en que se dio cuenta de que Esteban se había quedado a vivir en su corazón. Entonces, el miedo la había invadido.
Desde su perspectiva, lo suyo era una relación imposible de mostrar a la luz del día.
Le aterraba la idea de que, si sus sentimientos salían a la luz, la gente la llamara traicionera, la criticara, la señalara de tener un corazón retorcido.
Y que también atacaran a Esteban…
En resumen, tenía miedo.
Cuando llegó el momento de enfrentarse a la familia Galindo, todos la acusaban de no importarle su propia reputación y de no temer a que la tacharan de malintencionada.
Pero, en el fondo...
Sólo se mostraba indiferente ante personas y asuntos que no le interesaban.
Cuando se trataba de Esteban, también sentía miedo.
Esteban la miró con esa seguridad que solo él podía transmitir.
—Así nadie se atreverá a meterse contigo —dijo con un tono que mezclaba protección y orgullo.
Isabel soltó una risita, tan espontánea que parecía una melodía.
Siempre decían que los hombres como Esteban debían esconder bien sus puntos débiles.
Para quienes caminan por la cuerda floja, quién sabe cuándo alguien en la sombra tratará de atrapar ese talón de Aquiles.
Pero Esteban nunca se escondía...
Durante todos estos años, jamás dudó en decirle al mundo que Isabel era su consentida, su tesoro más valioso.
Y por ese carácter tan protector, nadie se atrevía a tocarla.
Isabel se acurrucó aún más en su pecho.
Esteban acarició un mechón de su cabello con ternura.


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