Vanesa por fin se aclaró la cabeza…
...
Vanesa llegó a la Finca Río de Paz más o menos una hora después, en compañía de Oliver.
Oliver sí que venía preocupado por Yeray, ¡pensaba que lo habían molido a golpes!
Y eso que solo venía con Callum como apoyo.
Pero al llegar...
—Ay, caray... —Oliver se detuvo en seco—. ¿Esto sí que se puso intenso, no?
Vanesa se quedó callada.
Le echó un vistazo a la escena frente a ellos y luego le lanzó una mirada a Oliver.
Intenso… sí, lo era. Pero...
Cuando Dan, con la cara hinchada y llena de moretones, la volteó a ver, Vanesa se quedó en silencio.
En ese instante, pensó que Oliver seguramente había entendido todo mal con lo de que Yeray fue el que terminó golpeado.
Porque la cara de Yeray estaba impecable, sin un rasguño.
Al verla, Yeray entrecerró los ojos, su voz se volvió filosa:
—¿Y tú qué haces aquí?
Vanesa respondió con sinceridad:
—Oliver dijo que te habían golpeado. Me preocupé y vine a ver cómo estabas.
La expresión de Yeray se congeló unos segundos, y luego una sonrisa se le escapó, dulce y amplia.
Mientras tanto, Dan, que ya traía la cara hecha un mapa de golpes, al escuchar lo que Vanesa dijo, se le oscureció aún más el semblante.
—¡Carajo! ¿De veras que los de París están medio locos o qué? ¿No distinguen entre ser golpeado y golpear a alguien?
De plano, ya no aguantaba más.
Él era el que había recibido la paliza.
Y Vanesa llegaba toda preocupada… ¡por Yeray!
Dan le lanzó una mirada cargada de furia a Vanesa:
—¿Acaso no conoces cómo es ese tipo? ¿Cómo es posible que te preocupe si yo lo golpeé a él?
Vanesa no respondió; solo le echó otra mirada a Dan.
Y justo esa mirada fue la que terminó por sacar de quicio a Dan.
—¡Ven acá!
Le gruñó entre dientes.
Y ese —Ven acá— hizo que Yeray le lanzara una mirada todavía más amenazante.
Vanesa respiró hondo:
—Ya estuvo, mejor vámonos.
Sintiendo la tensión que emanaba de Yeray, Vanesa pensó que si no se iban en ese momento, seguro la pelea se reanudaba.
—¿Estás preocupada por él? —Yeray le soltó la pregunta, con los celos marcados en cada palabra.
...
—Tú lo hiciste enojar, te toca a ti calmarlo.
Oliver le soltó una tras otra, sin dejarle tiempo para protestar.
Y la verdad, no le faltaba razón:
—Cierto, si yo lo hice enojar, me toca a mí tranquilizarlo.
Dan interrumpió, indignado:
—¿Qué, ahora resulta que si él se enoja, tú, siendo mujer, tienes que ir a consentirlo?
En cuanto oyó que Vanesa iría a buscar a Yeray, Dan se enfureció aún más y se negó a aceptarlo.
Vanesa solo se encogió de hombros.
Oliver insistió:
—Es su esposo, es lo normal que lo vaya a calmar.
Dan se quedó en shock, al borde del colapso al escuchar el “su esposo”.
Vanesa reflexionó unos segundos y asintió:
—Sí, es mi esposo, es mi deber tranquilizarlo.
Y es que, últimamente, Yeray andaba tan celoso que hasta de Isa se ponía celoso.
Ahora, con Dan armando semejante escándalo, si no lo calmaba pronto, seguro después le haría una escena mucho peor.
Dan, por su parte, solo pudo quedarse en silencio, sin poder ocultar su frustración.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes