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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1187

Durante todo el camino, Andrea mantuvo la mirada fija en la ventana, evitando a Mathieu y sin decir ni una palabra. Incluso cuando abordaron el avión, ella seguía con esa actitud tímida e incómoda, como si quisiera volverse invisible.

Mathieu, notando su incomodidad, le acercó un vaso de agua. Lo hizo con cuidado, bajando la voz para preguntar:

—¿Te sigue doliendo?

Andrea se quedó en silencio.

Su expresión, que ya era poco natural, se tensó aún más después de escuchar la pregunta. Su cara se puso roja de inmediato, como si le hubieran descubierto un secreto. Vio el vaso de agua que Mathieu le ofrecía, pero ni siquiera se atrevió a tomarlo.

Mathieu también empezó a sentirse incómodo.

Lo de anoche había sido un verdadero accidente. Después de ver los fuegos artificiales con Paulina, Carlos y los demás, él llevó a Andrea directo al hotel. Al fin y al cabo, Isabel y Esteban estaban recién casados y no era apropiado que los invitados siguieran molestando en casa de la familia Allende.

Por el amor de Dios, lo único que hicieron al llegar fue tomar un poco de agua del carro.

¡Y ahora esto!

No sabía ni cómo explicarlo. Ni idea de por qué el agua de su carro tenía esa sustancia extraña. Era para volverse loco. Jamás le había pasado algo así.

Por suerte, Andrea parecía creer la excusa sin sentido que le había dado...

Andrea bajó la cabeza. La verdad, sí le dolía, pero no tenía el valor de admitirlo.

De pronto, Mathieu le acercó una pomada.

El rubor de Andrea, que ya era intenso, se volvió tan fuerte que sintió que hasta la sangre le hervía. Todo su cuerpo parecía estar a punto de explotar del bochorno.

Mathieu habló con voz suave:

—Si te duele tanto, seguro te lastimaste. Ponte un poco de pomada para que no se te irrite.

—¿Puedes dejar de hablar?— le soltó Andrea, con voz entrecortada.

El avión aún no despegaba. El celular de Andrea seguía encendido.

Antes de que Mathieu pudiera responder, el teléfono comenzó a sonar. Era Isabel.

Andrea contestó y escuchó la voz preocupada de Isabel:

—Andrea, ¿te caíste ayer en la boda?

—¿Eh? No, para nada— respondió Andrea, nerviosa.

—¿Cómo que no? Si te vi cojeando al caminar. ¿Qué te pasó en la pierna?

Andrea se quedó muda.

¿Cojeando? ¿Cómo le explicaba eso? No podía decir la verdadera razón. ¡No tenía nada que ver con una caída!

Sin saber qué hacer, improvisó:

—¿Ah, dices eso? Sí, bueno... supongo que sí me caí.

Del otro lado de la línea, Isabel dudó:

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