Carlos Esparza se sentó frente a Paulina Torres. Sin pensarlo mucho, Paulina se levantó y fue directo a su lado, lista para acurrucarse en sus brazos como siempre hacía.
Pero, en ese instante, Carlos le sujetó la cintura y la apartó de un empujón.
¿La apartó? ¿De verdad la había empujado? Era la primera vez que hacía eso, jamás la había rechazado así.
—¿Tú…? —alcanzó a decir Paulina, desconcertada.
Ni le dio tiempo de terminar la frase cuando Carlos ya se había levantado y había ido directo al baño.
—¡¡¡¿Qué rayos?!!! —Paulina se quedó pasmada, mirando a su alrededor como si alguien pudiera explicarle lo que estaba pasando.
Julien también se veía perdido, con la cara de quien no entiende nada.
Por su parte, Eric miró a Paulina, luego desvió la vista hacia el doctor Hayes y preguntó:
—Hermano, ¿será que tiene malestar por el embarazo?
Paulina y Julien se quedaron mudos.
Hayes arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Malestar por el embarazo? —repitió, mirando a Paulina como si estuviera esperando una confirmación.
Hayes, siendo de París, jamás había escuchado eso de que los hombres tuvieran síntomas de embarazo, así que no entendía nada.
Paulina, al notar la mirada de Hayes, negó con una expresión de total confusión.
—No tengo idea —dijo, sincera—. Te lo juro, ni sabía que eso podía pasar.
Julien miró a Eric, sin saber si reír o llorar.
—¿Y tú de dónde sacaste eso? Mira que como sigas inventando cosas, mi hermano te va a poner en tu lugar.
—No, en serio, ¿no recuerdas aquel video que vimos? —insistió Eric.
Julien lo pensó un segundo. Claro, cuando se preparaban para ayudar a Carlos con el bebé, se la pasaban viendo videos en internet para aprender.
Ahora que Eric lo mencionaba, Julien recordó uno en el que decían que a veces, cuando una mujer está embarazada, el hombre llega a tener síntomas raros, como si también estuviera embarazado.
Julien miró hacia el baño, y la escena de Carlos vomitando parecía encajar perfecto con lo que decían en el video.
Hayes intervino, prudente.
—De todas maneras, habría que revisarlo bien.
Eric se volvió hacia Paulina.
—¿Y tú, cuñada? ¿No has tenido ningún síntoma?
Paulina negó, casi divertida.
—Nada, eh. Desde que supe que estaba embarazada, lo único que hago es comer y dormir. Me la he pasado tan tranquila, que ni lo creo.
La verdad, su vida durante el embarazo había sido todo menos complicada: comer, dormir, descansar. Ni una sola queja.
Carlos salió del baño con la cara completamente pálida. Paulina, que lo conocía desde hacía años, jamás lo había visto tan débil.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes