Carlos envolvió a Paulina con su chamarra, asegurándose de que quedara completamente protegida, como si estuviera en un espacio donde ni siquiera el aire pudiera hacerle daño.
—Oye, hermano, vámonos de aquí primero —sugirió Eric, lanzando una mirada nerviosa a su alrededor.
Aunque los hombres de Cristian ya se habían retirado, este lugar apartado daba mala espina. Nadie podía asegurar que no hubiera más peligros al acecho.
Carlos asintió. Sin perder un segundo, levantó a Paulina en brazos y la acomodó en el asiento trasero del carro.
Paulina, recostada en el pecho de Carlos, permanecía quieta, obediente, sin atreverse a moverse.
Apenas subieron al carro, Carlos la sujetó con fuerza, manteniéndola pegada a su cuerpo.
La apretó con decisión, como si al hacerlo pudiera calmar el temblor que aún sacudía el corazón de Paulina.
Pero, en cuanto el olor a carne asada impregnó el aire alrededor de los labios de Paulina, Carlos quedó paralizado.
—…
En ese instante, la soltó, tomó su carita entre las manos y la observó con seriedad.
Esta niña sí que se había llevado un susto.
Aunque, ¿por qué sus labios olían a carne asada...? ¿De verdad había comido de la parrillada de Cristian?
Al recordar el tono histérico de Cristian por teléfono, Carlos no pudo evitar pensar que ese tipo era, en definitiva, el secuestrador más patético del mundo.
Paulina lo miró con ojos grandes y llenos de inocencia, como si estuviera a punto de llorar.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, con voz temblorosa, al fin animándose a romper el silencio.
—¿Y todavía te atreviste a comer carne asada de ese tipo? ¿No te preocupaste de que pudiera estar envenenada? —Carlos la miró fijamente.
—... ¿Envenenada? —repitió Paulina, entre sorprendida y confundida.
¿En serio ese tontazo de Cristian haría algo así?
Desde el asiento del conductor, Eric se giró con incredulidad.
—¿Carne... asada? —masculló, apenas creyendo lo que escuchaba.
¿En serio, cuando le llamaron para avisarle al jefe, ella estaba comiendo carne asada con Cristian?
No podía ser...
Cristian la odiaba con todo el alma, ¿y aun así le dio de comer?
La verdad, Paulina sí que le salía con cada ocurrencia. Ellos allá afuera, arriesgando el pellejo para rescatarla, y ella, mientras tanto, echándose un taco con el secuestrador.
¡Increíble!
Paulina aún no salía del shock por todo lo que acababa de pasar. Al escuchar el tono de Carlos, se quedó como pasmada, sin saber si reír o llorar.
Carlos, al verla tan ida, le dio un leve mordisco en los labios, como quien llama la atención de un niño.
Paulina reaccionó al instante.
—¡Ay, me duele! —se quejó, llevándose la mano a la boca.
En el teléfono, Cristian se había escuchado patético, pero ahora que Paulina confirmaba que sí le dieron de comer...
Esto ya era el colmo.
Paulina miró a Carlos con ojos suplicantes.
—Ni siquiera me dejaron terminar, apenas empecé cuando llegaste —se quejó, haciendo puchero.
Carlos se quedó sin palabras.
Eric tragó saliva, entre atónito y divertido.
¿De verdad ese era el problema? ¿Que no la dejaron comer tranquila?
¿O sea, estaba reclamando porque llegaron muy temprano y le arruinaron la comida?
Carlos no podía dejar de observarla, sus ojos se oscurecieron cada vez más.
Paulina, todavía temblorosa, ni siquiera notó la expresión feroz de Carlos. Siguió con sus quejas.
—Ese Cristian sí que es un tonto, ni me dejó comer a gusto, nomás empezó a patear la mesa y ya.
Eric soltó un resoplido, sin poder aguantar la risa.
Carlos se tapó la cara con la mano.
Definitivamente, esa conversación ya no tenía sentido.

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