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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1225

Al escuchar que debía buscar a Céline, la expresión de Esteban cambió, y una sonrisa helada se dibujó en sus labios.

—Eso no me corresponde a mí —soltó, tajante—. Para eso tienes que buscar a Céline.

Fabio se quedó mudo unos segundos y luego reviró:

—¿Cómo? ¿No que era con la señorita Allende?

...

—¿Y ahora qué tiene que ver la familia Lambert en todo esto?

En ese momento, Fabio sentía que se volvía loco. Si de por sí tratar con Isabel ya era complicado, ¡y ahora resulta que tenía que buscar a Céline! Solo escuchar ese nombre ya le daba mala espina; seguro tenía algo que ver con Mathieu. Mejor que le dijeran de una vez que fuera a buscar a ese tipo.

Esteban se encogió de hombros, bastante despreocupado:

—No tengo idea de cuál sea la relación. El asunto de Lavinia ya ni siquiera depende de mí.

Fabio solo pudo quedarse callado. Si ni el propio Esteban Allende tenía la última palabra, ¿quién entonces podía decidir algo en este mundo? ¡De verdad, esto lo estaba sacando de quicio!

Antes de que Fabio pudiera decir algo más, Esteban colgó el teléfono sin miramientos.

Dejó el celular a un lado y, con gesto juguetón, le pellizcó la mejilla a Isabel.

—A ver, pequeña traviesa, ¿qué está pasando ahora? ¿Eh?

—Céline acaba de llamar. Dijo que se encarga de esto, que si Fabio busca a alguien, que sea a ella.

Isabel hizo una pausa y luego, imitando el tono de Céline, añadió:

—Y también soltó que mientras ella no diga que sí, que nadie sueñe con sacar a Lavinia de ahí.

Esteban soltó una risa burlona.

—En ese caso, Fabio ya perdió cualquier esperanza. Nada más hay que ver el genio de Céline. Hasta Vanesa, con todo y su carácter, no puede con ella.

Ahora que Céline tomaba el control, Fabio podía romperse la cabeza buscándole la vuelta, pero sacar a Lavinia sería imposible.

—Ay...

De pronto, Isabel soltó un quejido y se llevó la mano al vientre sin pensarlo.

El rostro de Esteban se tensó al instante.

—¿Qué tienes?

—El bebé, está pateando —musitó Isabel, arrugando el entrecejo y apretando la mano sobre su barriga.

Esteban observó con preocupación cómo el vientre de Isabel se movía con fuerza, visiblemente agitado. Al ver el gesto de dolor en el rostro de Isabel, su semblante se oscureció todavía más.

Acercó su mano, cálida y firme, y la colocó sobre el vientre de Isabel, hablando en un tono serio:

—¡Ya basta! ¡Compórtense!

—Sí, bastante.

Isabel ya tenía los ojos llenos de lágrimas.

Esteban, frustrado y molesto, apenas podía controlar su respiración.

—Si no se comportan, cuando salgan les va a tocar una buena.

Pero en vez de calmarse, los bebés respondieron con más patadas, haciendo que a Isabel le brotara el sudor frío.

—Ya, ya, no los asustes más —suplicó Isabel—. Entre más los regañas, más se mueven.

El dolor era cada vez más intenso. Isabel pensó que solo era el típico movimiento de los bebés, que en cualquier momento se calmarían. Pero pasaron diez minutos y la situación seguía igual...

Isabel ya no sabía qué hacer.

Esteban, por su parte, se sentía completamente impotente ante estas tres criaturas.

Pensaba para sus adentros que si al nacer seguían igual de inquietos, les esperaba una buena regañada. Aunque, claro, ahora no había forma de hacer nada.

Isabel, preocupada, preguntó con voz temblorosa:

—¿No crees que tal vez pasa algo con los bebés? ¿Por qué no dejan de moverse?

Esteban se quedó en silencio. Al escuchar a Isabel, también empezó a pensar que quizá no era normal tanto movimiento esa noche.

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