Al escuchar esas palabras tan directas y llenas de insinuaciones, la cara de Paulina se encendió de inmediato, tiñéndose de un rojo intenso.
Carlos se inclinó hacia su oído y le susurró:
—Cuando nazca el bebé, vas a ver cómo te voy a poner en cintura.
Paulina se quedó sin palabras.
La verdad, después de esa amenaza, no se atrevió a seguirle el juego.
Ese hombre, cuando se ponía serio, sí que daba miedo. Ni de broma se atrevía a desafiarlo.
—Ya… ya no quiero platicar contigo, mejor voy a ver qué están preparando en la cocina.
¿Qué más podía hacer? En este momento, Carlos era quien más necesitaba atención.
Apenas la noche anterior, por fin había logrado comer algo decente y parecía estar un poco más animado.
Paulina solo quería que se mantuviera así, tranquilo y sano.
El embarazo y las náuseas lo tenían muy mal, solo de verlo ya se le partía el corazón.
Carlos la miró de reojo y reviró:
—¿Todavía tienes fuerzas para ir a la cocina?
Al parecer, la que necesitaba que la cuidaran no era precisamente la embarazada.
Paulina le lanzó una mirada de reproche y se fue casi corriendo para ver qué estaban cocinando.
En cuanto puso un pie en la cocina, su celular empezó a sonar.
Contestó:
—¿Bueno?
—Soy yo —se escuchó la voz de Patrick al otro lado de la línea. La vergüenza que le había dejado Carlos hace un momento se esfumó de golpe.
—¿Qué pasa?
Con Patrick siempre tenía un trato seco, sin pizca de cercanía.
Pero el hombre parecía disfrutar acercarse a ella como si nada, buscando llamar su atención todo el tiempo.
Patrick dijo:
—Tu padre tiene que ir a París un tiempo, voy a ayudarle con unos asuntos a tu hermano. No estarás pensando que tu papá te está dando la espalda y te deja sola, ¿verdad?
Paulina se quedó boquiabierta.
Ese tono cariñoso, lleno de resignación, la dejó sin palabras.
No podía creerlo… Este Patrick era increíble, siempre lanzando la palabra “papá” como si de verdad ella lo reconociera de esa manera.
—Ya voy a colgar.
No tenía ni la menor intención de seguir escuchándolo.
Colgó el teléfono sin dudar.


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