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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1288

—Ya llegué.

Esteban había vuelto tan rápido como le permitieron sus piernas y su preocupación. Apenas terminó de hablar, la puerta de la enfermería se abrió y él entró desde afuera.

—Salgan, por favor.

La señora Blanchet y Vanesa se quedaron perplejas.

—¿Salir? ¿Ahora mismo?

—Pero yo... yo quería...

—Mamá, Esteban ya está aquí. Mejor esperemos afuera —insistió Vanesa, tomando a su madre del brazo antes de que pudiera protestar más.

La señora Blanchet quería quedarse junto a Isabel, pero Vanesa la jaló con decisión. Salieron de la enfermería, pero a cada paso la señora Blanchet volteaba preocupada, sin poder apartar la mirada de su hija.

Isabel, por su parte, había permanecido tranquila desde que todo comenzó, sin mostrar emoción alguna. Pero tan pronto vio a Esteban entrar, sus lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, una tras otra.

—Hermano, tengo miedo —murmuró, la voz apenas un susurro tembloroso.

Hace unos minutos le había dicho a su madre que no sentía miedo, pero ahora todas las emociones la desbordaban.

Esteban le acarició la cabeza con ternura, sus dedos enredándose en su cabello suave para tranquilizarla.

—No te preocupes. Todo va a estar bien —le aseguró, con una voz cálida y segura.

—Me duele mucho el vientre...

Justo en ese momento, una nueva ola de dolor la sacudió. Además, sintió cómo su ropa interior se humedecía; se había orinado encima de la angustia.

—Mejor tú también sal —le pidió con la voz entrecortada, avergonzada de que él la viera tan vulnerable.

Esteban, sin inmutarse, le respondió:

—Ya me enteré de todo, Isa, ¿sí?

—¿Qué... qué es lo que sabes? —quiso saber ella, sintiéndose todavía más incómoda.

—¿De veras te da pena conmigo? Vamos, ¿cuántas veces no te he visto peor? —bromeó él, intentando aliviar la tensión.

Recordó cuando era una bebita, apenas cabía en sus brazos, y fue él mismo quien la cuidó y la bañó tantas veces. Ahora que era toda una joven, de repente quería que él no la viera.

—No sigas, por favor —protestó Isabel, tapándose la cara.

En ese momento entró la enfermera:

—Señor, la doctora ya está en la sala de operaciones. Tenemos que llevar a la joven al quirófano.

...

Afuera, Vanesa y la señora Blanchet estaban igual o más angustiadas.

Aunque la señora Blanchet había tenido dos hijos, la idea de que Isabel fuera a tener tres de golpe la ponía al borde del llanto.

—Ay, ¿cómo se me fue a olvidar decirles que tiene que ser cesárea sí o sí? Tres bebés, ¿cómo va a hacerle?

Recordó los dolores de sus propios partos, que casi la hacían gritarle a todos. Pero Isa iba a enfrentar el triple de reto.

Preocupada, la señora Blanchet hizo ademán de regresar a la enfermería.

—Tengo que decirles, no quiero que mi Isa sufra —dijo con voz temblorosa.

Vanesa fue más rápida, tomándola del brazo con firmeza.

—Mamá, no entres. Deja que Esteban se encargue.

—Pero mi Isa...

—No te preocupes, mamá. El hermano nunca permitiría que alguien le haga daño a nuestra Isa —afirmó Vanesa, intentando transmitirle confianza aunque ella misma sentía el corazón hecho nudo.

Sabía que, pase lo que pase, mientras Esteban estuviera con Isabel, nadie la dejaría sola ni la haría sufrir.

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