La anestesia seguía haciendo efecto, Isabel no sentía absolutamente nada.
Isabel se quedó a dormir directamente en la habitación del área médica. Todo ya estaba listo desde antes, el cuarto tenía exactamente la misma distribución que el que compartía con Esteban.
Hasta la cama era del mismo modelo, todo se había organizado según sus costumbres y preferencias.
En ese momento, la señora Blanchet y Vanesa entraron junto con ella.
—Quiero ver a los bebés —pidió Isabel.
—Claro, míralos —respondió la señora Blanchet, acercándose con los dos pequeños en brazos. Isabel se quedó viendo el cabello oscuro que tenían.
—¿Por qué tienen tanto cabello? —preguntó sorprendida.
Siempre pensó que los recién nacidos venían casi calvos.
La señora Blanchet soltó una risa ligera.
—Los bebés ya traen cabello desde que están en el vientre.
Vanesa agregó:
—Esta es la niña, y esos dos son los niños.
Niño, niña... A los ojos de Isabel, los tres eran casi iguales, tan bonitos que no pudo evitar sonreír.
Pensó que iban a estar arrugaditos, pero no, eran pequeñitos... pero bien formados.
—¿No están más pequeños que otros bebés? —preguntó Isabel.
En ese momento, Estela entró al cuarto.
—Los trillizos suelen ser más chiquitos que los bebés únicos, aunque estos tres están bastante sanos, lo cual no es muy común.
Normalmente, los bebés que nacen de embarazos múltiples tienen que estar en incubadora.
Pero los de Isabel, después de revisarlos con cuidado y considerando que recibieron buena nutrición en la panza, no lo necesitaban; sólo hacía falta cuidarlos como cualquier otro recién nacido.
La señora Blanchet había contratado varias niñeras con mucha anticipación, personalmente se encargó de entrevistarlas a todas.
—¿Y tú por qué no cargas a los bebés? —le preguntó Isabel a Esteban.
En el quirófano ni siquiera les había echado un vistazo. Ahora que ya estaban fuera, ¿ni siquiera quería verlos?
Esteban respondió sin soltar la mano de Isabel, como si todavía no asimilara lo de ser papá:
—No quiero cargarlos.
Parecía que prefería quedarse junto a Isabel antes que acercarse a los pequeños.
Isabel sólo pudo quedarse callada.
La señora Blanchet intervino:
—Si no quiere, no lo obligues. Mejor llevémoslos con las niñeras para que los alimenten.
Así que los bebés se fueron directo con las niñeras.
Las náuseas de embarazo, vaya cosa rara.
Carlos admitió:
—No.
—¿Cómo que no comiste? —Paulina se alarmó.
—Antes de venir, pasé a la cocina y me comí lo que preparaste. Gracias —dijo Carlos, con voz suave, y le dio un beso en el cuello.
Sabía que, aunque no regresara temprano, Paulina igual le dejaba comida lista.
Al llegar, todavía estaba tibio el platillo en la cocina.
Paulina suspiró:
—¿No hay alguna otra forma? ¿Te vas a quedar sin comer cada vez que sales?
Carlos explicó:
—Hoy en la mañana, Julien puso lo que sobró en un termo y me lo llevé.
Así que mientras andaba afuera, seguía comiendo lo que Paulina le preparaba.
Ese día, al mediodía, tuvo que reunirse con varios políticos importantes de Littassili.
Y ahí estaba él, con su termo rosa frente a todos...

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