Yeray tenía en brazos a un bebé. Mientras lo observaba, tan pequeñito, no podía evitar pensar.
—¿Cuando nazca mi hijo con Vanesa también será así de pequeño?
Le parecía increíble. Apenas y el bebé sobrepasaba el tamaño de su propia mano, tan diminuto que casi parecía irreal.
—No, Yeray —intervino la señora Blanchet—. El tuyo seguro nacerá más grande, mínimo unos tres kilos.
No era lo mismo un solo bebé que varios al mismo tiempo.
Cuando solo se tiene uno, suelen nacer mucho más grandes y robustos.
—¿Y este, cuánto pesa?
—No tengo idea. Estela no lo mencionó —respondió la señora Blanchet, observando al bebé con cierta preocupación—, pero a simple vista, sí que se ve muy pequeño.
...
Yeray, sin saber muy bien qué hacer, trató de calmar al bebé que no dejaba de llorar.
—Ya, ya, tranquilo, si sigues llorando tu tía no va a poder con esto —le dijo en tono suave, intentando razonar con el pequeño.
La señora Blanchet y Vanesa intercambiaron una mirada; no sabían si reírse o suspirar.
Ver a Yeray tan serio, intentando negociar con un bebé que ni siquiera entendía el mundo, era tan absurdo como tierno.
Pero el llanto continuaba.
Yeray soltó un suspiro, cansado:
—Te digo que no llores, ¿es que no me entiendes?
Vanesa, que ya había perdido la paciencia, reviró:
—Por favor, Yeray, es un bebé recién nacido, ¿de verdad crees que entiende lo que dices?
No podía creer que él lo preguntara en serio. Era sentido común, ¿cómo iba a entenderle algo tan pequeño?
—¿No entiende? —insistió Yeray, confundido.
—¿Tú qué crees? —Vanesa le aventó una mirada de esas que decían todo—. En serio, últimamente los celos te están dejando sin neuronas.
—Entonces, ¿qué hago?
—Pues arrúllalo, abrázalo, cántale. ¿Qué más puedes hacer con un bebé así? No le vas a regañar ni mucho menos pegarle. Si Isa se entera, te jala las orejas —sentenció Vanesa.
—Estuve toda la noche ayudando a calmar a tus hijos.
Esteban se quedó mudo.
—Oye, ¿seguro que tu hija es una niña? Yo creo que es una pequeña bruja —bromeó Yeray—. Apenas logras calmarla, y pum, grita y pone a llorar a los otros dos.
Así se dieron cuenta de algo: mientras la niña estaba tranquila, los dos niños también. Pero si ella lloraba, los otros le seguían como si fuera la jefa de una pandilla, y no había poder humano que los calmara.
Eran tan chiquitos y ya tenían a todos de cabeza.
—Gracias por el esfuerzo —le dijo Esteban, sincero.
Yeray no respondió. No era agradecimiento lo que necesitaba, sino una noche de sueño sin berridos.
Esteban fue a ver a Isabel, que seguía en cama, agotada.
La pobre había pasado otra noche difícil, apenas pudo dormir cuando el sol ya estaba saliendo.
Observando su carita pálida, Esteban sintió un nudo en la garganta. No hacía falta ser médico para saber que había perdido mucha sangre.
Con ternura, le acomodó el cabello desordenado, deseando poder aliviarle el dolor.

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