No solo era tener que trabajar horas extra.
Además, tenía que ayudarlo a apaciguar mujeres. Con Andrea todavía estaba bien, cada vez ni siquiera tenía que esforzarse demasiado para convencerla.
Pero con Lavinia… eso ya era otro cuento.
A lo largo de estos años, Skye ya ni siquiera sabía cuántas veces Lavinia le había aventado regalos directo a la cabeza.
Hubo una ocasión en la que Fabio le obsequió a Lavinia no sé qué cosa, un cajón enorme.
Cuando eso le cayó encima, le dejó tremendo chichón en la cabeza…
Skye sentía ganas de llorar.
—¿Qué pasa? —preguntó Bastien—. ¿No te acostumbras? ¿O te gustaría regresar con Fabio y seguir siendo su burro de carga?
—¡No, no, nada de eso! Solo estaba pensando por qué no me fui antes contigo, jefe.
¿Cómo no se le había ocurrido antes aprovechar semejante suerte?
Si desde un inicio hubiera sabido que a lado de Bastien la vida era tan llevadera, se habría cambiado hace mucho.
...
Por este lado, Skye estaba tan sorprendida por su nuevo trabajo que ni podía creérselo.
Mientras tanto, del lado de Fabio, después de colgarle a Bastien, el pecho le subía y bajaba, furioso.
Después de fumarse varios cigarros seguidos, mordió el filtro y le soltó a Lucio:
—Entrégale todo eso a Bastien.
Sus palabras salieron entre dientes, casi escupiendo veneno.
Lucio se quedó pasmado.
—¿A Bastien? ¿Pero él no ha hecho nada aún?
Si al menos la señorita hubiera dado señales de aparecer, entonces dar esos beneficios estaría bien.
Pero por ahora, no había ni una pizca de esperanza.
Solo había recibido insultos de Céline… ¿y aun así había que dar tanto a cambio?
Eso ya era demasiado fácil para él.
—Hazlo —insistió Fabio—. Si no le das lo que pide, no va a mover un dedo. ¿No te das cuenta?
Lucio calló, apretando los labios.
Pero, mínimo, deberían ver una señal de esperanza, ¿no?
A pesar de que Bastien accedió a ayudar, todavía no lograba nada, así que ¿de qué servía?
Ofrecerle tanto por Villa Monte Carmelo era un costo altísimo.
Al ver que Lucio no reaccionaba, Fabio entornó los ojos, mirándolo con sospecha.
—¿Qué pasa?
Lucio se animó a compartir su preocupación.
—Por lo que veo, Bastien no tiene intenciones limpias.
—¿Ah, sí?
—Me parece que quiere quedarse con toda Villa Monte Carmelo —soltó Lucio, sin rodeos.
Bastien siempre había sido astuto, y en este tipo de cosas, no podían bajar la guardia.
Fabio apenas levantó una ceja y soltó una carcajada despectiva.
—Sí, su avidez es grande, pero tampoco para tanto, ¿o sí?
Por más que Bastien quisiera, Fabio no creía que fuera capaz de llegar tan lejos, sobre todo considerando la relación entre ambos.
Lucio replicó:
—Pero solo de un punto de la ganancia de Villa Monte Carmelo salen más de diez millones al año, y aun así ya pidió otro punto más.
Ni con el primer punto se quedó conforme; fue y pidió otro.
¿Y todo esto solo por el asunto de Lavinia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes