Al escuchar el tono de llamada cortarse, la sonrisa en los labios de Bastien se hizo aún más marcada.
Dejó el celular sobre la mesa con desdén, tomó la taza de café que había preparado Skye y le dio un sorbo tranquilo.
—Sí, justo este sabor.
Skye solo lo miró en silencio, sin saber si estaba bromeando o hablando en serio.
—¿Sabes por qué pagué tanto para traerte de donde estaba Fabio? —preguntó Bastien, dejando la taza a un lado.
—¿Por mi capacidad de trabajo? —respondió Skye, un tanto insegura.
La verdad, ni ella misma lo tenía tan claro. Aunque estrictamente hablando, no fue que la “robaran” como tal; más bien, ella renunció primero con Fabio, y después Bastien la reclutó. Pero, si se le quería llamar “robo de talento”, de algún modo sí aplicaba. Al final, cuando todavía estaba con Fabio, Bastien ya le había mandado preguntar si estaría dispuesta a irse a Grupo EG.
Pensándolo bien, siempre se suponía que alguien te buscaba por tus habilidades, ¿no? ¿Para qué más gastar tanto dinero?
Pero Bastien negó con la cabeza.
—Para nada.
Skye arqueó las cejas, sorprendida.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué fue?
—Obvio —dijo Bastien, arrastrando las palabras—, porque tu café sabe increíble.
Skye sintió que el mundo se le venía abajo. En serio, ¿había escuchado bien?
Había dejado un buen puesto, se había aventurado a un nuevo empleo, ¿y todo porque sabía preparar buen café?
—¿Café? ¿En serio?
Bastien asintió con absoluta calma.
—La primera vez que fui a Puerto San Rafael, preparaste una taza que me supo a gloria. Esa vez decidí que tenía que traerte a mi lado, solo para que me hicieras café.
Skye se quedó sin palabras. ¿Todo por una taza de café? El universo de los ricos era, definitivamente, otro planeta.
—¿Y mi salario? —preguntó de pronto, empezando a preocuparse—. ¿No es por mis habilidades, sino porque preparo buen café? ¿Y mi trabajo?

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