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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1334

A pesar de que ese viaje con su madre a Puerto San Rafael era para resolver un asunto importante, él insistió en llevar a Isabel consigo.

Vanesa y la niñera, al escuchar eso, se sintieron liberadas y se apresuraron a salir.

Esteban se sentó al lado de Isabel cargando a la pequeña.

—Mira, se está portando muy bien.

Isabel no pudo evitar soltar una carcajada.

—Antes ni siquiera la querías cargar, seguro que se enojó contigo.

—No era lo mismo antes —replicó Esteban.

En ese momento, toda su atención estaba puesta en Isa, que acababa de dar a luz; no podía pensar en otra cosa.

Isabel extendió la mano y acarició la carita de la bebé.

—Está tan suave, tan delicada.

La piel de un recién nacido… ese tipo de suavidad era realmente agradable al tacto.

Esteban también se rio.

—Cuando eras pequeña, eras idéntica.

Isabel sonrió aún más al escuchar eso. La mirada que le lanzó a Esteban estaba llena de cariño y una dependencia aún más profunda.

Tal vez esto era obra del destino: ella había nacido en Puerto San Rafael y Esteban en París. ¡Eran mundos completamente separados! Si el destino no hubiera intervenido, jamás habrían coincidido. Pero, apenas unas horas después de nacer, se encontraron, y desde ese momento sus vidas quedaron entrelazadas para siempre.

—¿Y los otros dos pequeñines? —preguntó Isabel, ansiosa por ver a sus hijos varones.

Cuando dio a luz, apenas pudo echarles un vistazo antes de que se los llevaran.

Esteban le había dicho que, durante el primer mes después del parto, no podía cargar a los bebés.

—Están muy tranquilos. Desde que los separamos, ya no lloran.

Antes, cuando los tres estaban juntos, bastaba con que la niña llorara para que los dos niños empezaran a hacer lo mismo.

Isabel suspiró.

—Ya casi no me duele la herida, ¿no puedo verlos un ratito más?

Su tono era de queja, casi infantil. Moría de ganas de ver a sus hijos.

—¿Cómo que no te duele? ¿Eh? —replicó Esteban, mirándola con seriedad.

Él mismo había visto la herida: una incisión tan grande y profunda. No había pasado nada de tiempo y ya decía que no le dolía.

—Solo los voy a mirar, no los voy a cargar, ¿sí? —pidió Isabel, usando su voz más suplicante.

—Está bien, solo un vistazo.

Esteban, cediendo, le pellizcó la mejilla con ternura.

Quién iba a decir que Esteban, quien antes no quería ni cargar a la bebé, ahora platicaba con Isabel sobre lo linda que era.

—¿Y tú cómo sabes? —preguntó Isabel, incrédula—. Si desde que me la trajeron no la he visto abrir los ojos ni una vez.

—Se le ve en la forma de los párpados —explicó Esteban—. Los tiene larguitos.

—¡Ah! —Isabel asintió—. Viéndolo así, seguro será de ojos grandes.

...

Vanesa apenas había llegado de vuelta a su cuarto cuando su celular comenzó a vibrar —brrrr, brrrr—.

Era Yeray.

Vanesa estaba harta de tanto llanto; contestó de mala gana:

—¿Todavía no llegas?

Si no regresaba pronto, de verdad iba a perder la cabeza. Estaba segura de que su hermano no iba a aguantar mucho con los niños; en cuanto se terminara la calma, volvería el llanto interminable.

Pensaba que debía pasar por la casa de la familia Méndez para arreglar algunos pendientes, pero ya no tenía energías para nada.

La voz de Yeray sonó angustiada al otro lado de la línea.

—¡Me golpearon!

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