Skye, parada justo detrás de Bastien, no pudo evitar pensar que, a pesar de haber conocido a su buena cantidad de personas descaradas a lo largo de los años... como Bastien, ninguno.
Este tipo ni siquiera había movido un dedo, pero ya le había sacado una fortuna a Fabio, y ahora, ni siquiera quería devolver lo que debía.
De plano, lo que caía en sus manos, nadie debía esperar volverlo a ver.
Fabio soltó con voz tensa:
—No quiero que me devuelvas nada, pero ahora tienes que ayudarme a sacarla de Irlanda.
—¿Ayudarla a escapar? Espinosa, yo soy un empresario serio —replicó Bastien con una media sonrisa.
—No es un escape, ella ya está fuera —aclaró Fabio, con impaciencia en la voz.
—Salir del país sin papeles también es delito, y yo no me meto en cosas ilegales —contestó Bastien, cruzándose de brazos.
Fabio guardó silencio.
Skye también se quedó callada, mirando la escena como si presenciara un circo.
Bastien, sin perder la compostura, añadió:
—Aunque, si el pago es bueno, quizá podría olvidarme de mis principios un rato.
Skye solo lo miró, incrédula.
Del otro lado del teléfono, Fabio pensaba que, por un segundo, Bastien había decidido comportarse como alguien decente.
Pero no, ahí iba de nuevo...
—¿Cuánto quieres esta vez? —preguntó Fabio, con voz dura.
—¿La Villa Monte Carmelo? ¿Todavía la quieres? —soltó Bastien, como quien no quiere la cosa.
Fabio se quedó mudo. ¿Todavía la quiero? ¿Bastien en serio no sabía lo que valía esa propiedad? Solo a un tonto se le ocurriría rechazar semejante lugar.
Antes de que Fabio respondiera, Bastien siguió:
—Si no la quieres, dámela a mí. Justo tengo un plan para ella.
Skye no pudo evitar chasquear la lengua. —Vaya que tiene planes...— pensó. Esa propiedad servía para hacerse rico toda la vida, ¿y él actuaba como si Fabio la tuviera solo de adorno?
Fabio, al escuchar semejante petición, no pudo ocultar el enojo que le hervía por dentro.
—A ver, por nuestra amistad...
—Gracias, jefe —respondió Skye, con una mezcla de resignación y sarcasmo.
En serio que había sido una ingenua. Cuando discutieron el contrato de trabajo, nunca escuchó eso de que tendría que estar disponible las veinticuatro horas del día.
¿No que solo tenía que preparar tres tazas de café al día? ¿Por qué ahora, cada noche terminaba yéndose a casa de Bastien? Eso no era preparar café, eso era estar siempre lista para lo que se le ocurriera.
Skye, resignada, tomó asiento.
En ese momento, Bastien marcó el número de Céline. Ella contestó en cuanto sonó el teléfono:
—¿Y ahora qué quieres?
El tono de Céline era inconfundible: pura molestia, típica de quien siente que no le tocaron suficientes ganancias.
Bastien fue directo al grano:
—La querida hermana de Fabio ya salió.
—¿Querida hermana? ¡Esa es una fastidiosa, no una santa! —reviró Céline, visiblemente irritada.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes