El calor en las mejillas de Andrea subió como espuma. Miró a Mathieu, incrédula.
—Tú… tú…
—El beso de las buenas noches —dijo Mathieu, con una naturalidad que no acababa de convencerla—. De ahora en adelante, lo vas a tener todos los días.
Intentaba sonar casual, pero la cabeza de Andrea daba vueltas. Sentía que la relación entre ellos avanzaba a toda velocidad, como si fueran montados en un cohete. Cada día pasaba algo nuevo.
—¿Eso también lo aprendiste en los libros? —le preguntó Andrea, aún con el rubor marcando su cara.
Mathieu se quedó quieto un segundo, luego negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces…?
—Solo quería besarte, así de simple.
No era algo que hubiera leído ni una estrategia sacada de ningún lado. En ese momento, simplemente le nació besarla. Así de directo.
Andrea se puso aún más roja.
—¡Contigo no se puede! —murmuró, tapándose el rostro—. ¿No podrías decirlo de otra manera? ¿No te enseñaron a ser más… no sé, menos directo?
Pero luego pensó que, en realidad, eso era lo que le gustaba de Mathieu. Después de tantos años rodeada de la gente de la familia Espinosa, donde todos ocultaban intenciones y hablaban entre líneas, la sinceridad de Mathieu era como un respiro de aire fresco.
Sin decir nada más, Andrea se dio la vuelta y salió corriendo, escapando como una liebre asustada.
Mathieu la miró alejarse y no pudo evitar sonreír. Antes, cuando Céline lo perseguía todo el día insistiéndole que buscara pareja y le presentaba a un montón de mujeres, él solo sentía fastidio. Pero ahora… ahora, todo era diferente. Tal vez, pensó, esto no estaba tan mal.
...
A la mañana siguiente, Andrea fue a trabajar sin imaginarse lo que la esperaba. Jamás pensó que Fabio habría conseguido que Lavinia recibiera tratamiento en el hospital donde trabajaba Mathieu.
Cuando pasó frente a la habitación de Lavinia, Fabio salió a su encuentro y la agarró del brazo.
—¿Qué te pasa? —le espetó Andrea, frunciendo el ceño.
—Ven —ordenó él, arrastrándola a la fuerza hacia la habitación de Lavinia.
Andrea trató de zafarse.
—¡Suéltame!



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