Fabio ni siquiera le dirigió una mirada a Lavinia.
Era la señora Espinosa quien estaba llamando.
Fastidiado, Fabio contestó el teléfono:
—¿Qué pasó?
—¿Ya llegaron? Yo ya estoy en el aeropuerto —la voz de la señora Espinosa, llena de expectación, le llegó desde el otro lado de la línea.
Al enterarse de que Lavinia volvería a Puerto San Rafael, la señora Espinosa se apresuró al aeropuerto sin perder tiempo.
Había estado marcando insistentemente al número de Fabio.
Nadie imaginaba lo mucho que había sufrido en este tiempo, pero por fin, las cosas parecían regresar a la normalidad: Lavinia volvía a Puerto San Rafael.
Fabio se frotó las sienes, tratando de calmar el dolor de cabeza.
—Hubo un cambio de planes, no vamos a regresar.
—¿Qué? —La voz de la señora Espinosa se elevó varios tonos, explotando de incredulidad y molestia—. ¿Cómo que no? ¡Me dijiste que ya volvían! ¡No me digas que…!
Fabio sintió cómo la presión en la cabeza aumentaba.
—Por ahora, así quedamos.
—¡Déjame hablar con mamá! —Lavinia, impulsivamente, intentó ponerse de pie para tomar el teléfono y hablar con la señora Espinosa.
Pero apenas se incorporó, el dolor agudo en la pierna la hizo caer de nuevo sobre el asiento.
En ese momento, Fabio la fulminó con una mirada tan cortante que Lavinia ni siquiera se atrevió a moverse otra vez.
¡Qué miedo daba!
Desde que era niña, su hermano jamás había sido tan duro con ella. Así que esas palabras que le había soltado Andrea… y lo que Bastien acababa de decirle por teléfono… ¿acaso Fabio les creyó? ¿De verdad lo hizo?
No podía ser.
Si él creyera todo eso, ¿quién la ayudaría a regresar a Puerto San Rafael?
¡Andrea, esa víbora!
¿Cómo le hacía para que Fabio siempre le creyera todo?
Lo que ella decía, él lo tomaba como verdad absoluta.
Mientras tanto, en el teléfono, la voz de la señora Espinosa sonaba cada vez más alterada.
—¿Qué pasó? ¿Fue Andrea otra vez? ¡Seguro fue ella, verdad!
La señora Espinosa estaba tan molesta que se le notaba hasta en la respiración entrecortada.
Esa Andrea… ¿cómo era posible que, después de tanto tiempo, siguiera sin perdonar? ¿Qué más quería esa muchacha?
Fabio cerró los ojos, conteniendo la frustración.
—¿Por qué la detestas tanto? ¿Qué te hizo para que la trates así?



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes