Cuando Vanesa pronunció esas palabras, su voz se endureció, llena de una determinación que no admitía dudas.
Pensando en Yannick…
Desde el momento en que supo que Yannick se había operado la cara para parecerse a Isabel, Vanesa ya había decidido no dejarla seguir en este mundo.
Y ni hablar de Solène.
Ninguna de las dos merecía seguir respirando…
Vanesa se sentó junto a Isabel, con el bebé en brazos.
—Mira que estos años has estado demasiado protegida —comentó, acariciando la cabeza de Isabel con ternura.
—Pues si tengo a mi hermana y a mi esposo, ¿para qué quiero preocuparme? —Isabel le respondió, con una sonrisa traviesa.
—Eso sí es cierto —asintió Vanesa.
No solo Esteban, sino también Vanesa había cuidado de Isabel todo este tiempo.
A excepción de esa vez en que Flora le hizo daño, en ningún otro momento permitieron que las cosas sucias o los problemas llegaran hasta ella. Todo lo desagradable, lo mantenían lejos de Isabel.
Isabel se acurrucó en el hombro de Vanesa.
—Hermana…
—Ya, tranquila —le susurró Vanesa, dándole un leve apretón en el brazo—. Todo está bien ahora.
...
—Oye, escuché por ahí que Yannick compró un lote en el cementerio, cerca de donde está la familia Allende.
—Enterraron a un perro ahí —soltó Vanesa, mirándola con sorna.
—… —Isabel se quedó en silencio, sorprendida por la respuesta.
—¿Quién fue el que vino con chismes a decírtelo? —preguntó Vanesa, su tono se volvió más severo, mostrando su descontento. Había advertido a todos que no trajeran esas habladurías frente a Isabel, menos ahora que acababa de dar a luz y estaba tan sensible.
—Nadie, solo lo escuché de pasada —respondió Isabel, restándole importancia.
Aunque al principio la noticia le había incomodado, ahora se sentía mucho mejor. Después de todo, Vanesa siempre encontraba la manera de desdramatizar las cosas. Qué buena hermana tenía.
¡Nadie podía engañarla! Si alguien intentaba jugarle chueco, Vanesa lo descubría enseguida y les arruinaba los planes sin que pudieran hacer nada.
—La familia Méndez… ¿cómo pudieron acabar así? —suspiró Isabel, pensativa.
Al final, aunque René nunca se casó legalmente con Solène, ella vivía en la casa como si fuera la señora Méndez.
Y desde que Solène se instaló ahí, muchas cosas que antes eran de Yeray terminaron en manos de Rodolfo Méndez…
—Hermana, ¿a poco te gustaba Yeray desde antes? —preguntó Isabel, con mirada pícara.
—¿Gustarme? ¡Por poco me saco los ojos de lo ciega que estaba! —Vanesa puso los ojos en blanco.
—… —Isabel no pudo evitar soltar una carcajada.
¡Sí, estaba bien ciega!
Vanesa la miró de reojo.
—Ya no te rías, eh. Lo mío con Yeray… ¿cómo decirlo? Es complicado.
Desde el principio, cuando René prefería a Rodolfo y Solène, y veía a Yeray tan enojado, Vanesa sentía cierta compasión por él.
Después de todo, que tu propio papá te trate así… eso sí es para sentir lástima.
—Es un tipo que da lástima —dijo Vanesa, bajando la voz, como si compartiera un secreto guardado por años.

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