—Espérame aquí, voy a subir un momento —le dijo Lorenzo a Bea con voz gélida.
Bea, asustada por su tono cortante, se quedó paralizada en su sitio.
Apenas Lorenzo subió, el teléfono de Yeray volvió a sonar. Últimamente estaba muy ocupado, o cuidando del bebé o resolviendo asuntos en Avignon. Yeray se fue a contestar.
Cuando Vanesa y Bea se quedaron solas, sus miradas se encontraron. Bea sorbió por la nariz, con una expresión de profunda desolación.
¡Al verla así, Vanesa recordó a Paulina Torres! A ella también le daba bastante miedo Carlos Esparza. Pero el miedo de Paulina era diferente; criada por Alicia Torres, tenía un espíritu rebelde por naturaleza. Le tenía miedo a Carlos solo porque la había asustado la vez que lo vio matar a alguien. Al fin y al cabo, era una princesita criada en un entorno seguro.
Pero esta pequeña, Bea, era evidente que era tímida por naturaleza. ¡Incluso un simple cruce de miradas con Vanesa hacía que se le saltaran las lágrimas!
Vanesa no pudo evitar una mueca.
—No llores, no muerdo.
La niña retorcía sus manitas, visiblemente nerviosa. Esto iba más allá de la timidez… ¡era fobia social! Sí, Vanesa se dio cuenta. Bea no solo era tímida; el que Lorenzo la hubiera dejado sola en el salón la ponía muy inquieta.
Vanesa señaló un sillón individual a su lado.
—Siéntate.
—No… no hace falta —negó Bea con la cabeza.
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado, señal de que no era muy hábil peinándose. Seguramente en casa su madre se lo hacía. Vanesa pensó en su propia hermana, a la que había criado desde pequeña, siempre impecable como una muñeca de porcelana. Y esta niña… qué pena daba.
—Siéntate, seguramente tardará —insistió Vanesa.
Cada vez que Lorenzo venía a ver a su hermano, se quedaban hablando un buen rato. Era evidente que no bajaría pronto.
Bea miró a Vanesa con aprensión, pero no se movió.
—Siéntate —repitió Vanesa.

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