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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1458

Bea lloraba tan desconsoladamente que apenas podía respirar.

Durante todo el camino, aquel hombre de aspecto feroz le había repetido que no lo siguiera. Sabía que, en cuanto salieran de allí, la abandonaría. Nunca antes había salido de la Península de Santa Rosalía. Si ese hombre tan hosco la abandonaba… seguramente no sobreviviría.

Ahora, frente a Isabel y Vanesa, Bea parecía una gatita desamparada.

—Si te quedas con él, puede ayudarte a encontrar a tus padres —le dijo Isabel.

Vanesa asintió.

—Sí, él te encontró, que él te ayude a buscarlos.

Ese Lorenzo, ¿creía que podía desentenderse así como si nada? ¿Acaso se podía recoger a alguien y luego abandonarlo sin más? ¿Eso era correcto?

Justo en ese momento, Lorenzo bajó.

Vio a Vanesa e Isabel cuchicheando, mientras Bea lloraba a lágrima viva a un lado.

El rostro de Lorenzo se ensombreció.

—Nos vamos.

Bea sorbió por la nariz. A pesar de haber intentado buscarse la vida por su cuenta, al escuchar la orden de Lorenzo, se levantó dócilmente y se dispuso a seguirlo.

Isabel echó un vistazo a los restos de comida que Bea había dejado. Vanesa también miró el vaso de jugo vacío.

—Oye, Lorenzo, espera un momento —dijo Vanesa, incapaz de contenerse más.

Lorenzo, que ya había llegado a la puerta, se detuvo al oír la voz de Vanesa. Bea, que lo seguía de cerca, chocó contra su espalda por la repentina parada. El golpe debió de dolerle, porque la pequeña soltó un gemido de dolor. Con una sola mirada de Lorenzo, se calló de inmediato.

Isabel y Vanesa se quedaron sin palabras.

Resulta que criar a un niño podía ser así de rudo. La forma en que Lorenzo trataba a Bea era, sin duda, brusca; una sola mirada bastaba para que dejara de llorar.

Vanesa carraspeó.

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