Cristian estaba que echaba humo.
¿Secuestrar a la novia? En realidad, lo que más le importaba era recuperar sus doscientos millones. Pero si de secuestrar se trataba, también quería hacerlo. Saber que Paulina se iba a casar con Carlos le revolvía las tripas. Desde el día anterior, no había podido ni probar bocado de la rabia.
—Mire, ¿por qué no piensa que esos doscientos millones fueron un regalo de bodas? Así se sentirá un poco mejor —sugirió Samuel.
Manu no dijo nada. ¿Un regalo de bodas? ¿Quién regalaba tanto dinero? ¡Menuda generosidad!
Y Cristian… si Samuel no hubiera dicho nada, no le habría dolido tanto. Pero sus palabras fueron como echar sal en la herida.
—¿Un regalo? ¡Fue una estafa!
Si hubiera sido un regalo de bodas, significaría que Paulina le había estafado doscientos millones en concepto de regalo. A cualquiera le daría un ataque.
—¡No hablen más! —gritó Cristian.
Si seguían, iba a explotar. Samuel y Manu querían consolarlo, pero no encontraban las palabras adecuadas.
En la boda de Paulina.

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